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Referencia

Publicado por Esteban Galisteo Gámez

La referencia de una expresión es el objeto que designamos con ella. Esta noción fue introducida por Gottlob Frege en un artículo clásico publicado en 1892, «Sobre sentido y referencia». Con este artículo, Frege marcó el inicio de la filosofía del lenguaje, entendida como una disciplina filosófica específica, además de introducir una terminología que hoy es moneda común entre todos los estudiosos del fenómeno lingüístico (antropólogos, filósofos, lingüistas, psicólogos, etc.).

«Sobre sentido y referencia» de Frege

Gottlob Frege

Gottlob Frege, por Olga Yolanda Rivera Jiménez

En su artículo de lectura anual obligatoria (sí, todo filosofo debería leer «Sobre sentido y referencia» al menos una vez al año) Frege comienza preguntándose qué tipo de relación es la de identidad, expresada mediante el signo «=». ¿Qué tipo de cosas relaciona «=»? Para responder a esta pregunta señala una distinción entre dos enunciados de identidad: «a = a» y «a = b» y afirma que tienen «distinto valor cognoscitivo». Con «a = a», en la medida de que es analítico, nuestro conocimiento no se amplia; mientras que en «a = b» puede haber una ampliación, a menudo muy valiosa, de nuestro conocimiento:

Tradicionalmente, la identidad o igualdad, se ha entendido como una relación entre lo que sea que designen los signos utilizados, en este caso «a» y «b». Ahora bien, en este caso, no podría haber diferencia entre «a = a» y «a = b», ya que solo estaríamos diciendo que el objeto designado es idéntico a sí mismo, relación en la que solo puede estar consigo mismo y con ningún otro objeto. Entonces, parece que, puesto que tanto «a» como «b» designan al mismo objeto, lo que expresa la identidad es una relación entre los signos, «a» y «b». Aquí el problema es que el conocimiento que tendríamos sería meramente lingüístico, lo que no siempre ocurre: el caso de saber «que cada mañana no sale un nuevo Sol, sino que siempre es el mismo», no es un conocimiento lingüístico.

Cuando parece que las opciones se han agotado, en un acto de genialidad filosófica sin precedentes, Frege señala un tercer componente, hasta el momento no considerado: el modo de presentación del objeto designado. Esta es la respuesta:

El modo de presentación es lo que Frege llamó el sentido del signo y al objeto designado lo llamó la referencia del signo.

Expresiones sin referencia y con sentido

Para Frege, expresiones como «el mayor de los números pares» o «Don Quijote de la Mancha», son expresiones que no tienen referencia pero sí que tienen sentido. Sin embargo, aquí parece que hay una tensión irresoluble, tal y como señaló Gareth Evans. En efecto, resulta que el sentido de un nombre es el modo de presentación del objeto designado, ahora bien, ¿cómo pueden tener sentido expresiones sin referencia, esto es, que no designan objetos? ¿Cómo puede haber algún modo de presentación de un objeto si no hay tal objeto?

En opinión de Evans, Frege fue un chapucero con el tema de los nombres sin referencia. En mi opinión, Frege estaba más preocupado en los enunciados del discurso científico que en el lenguaje natural en general, por lo que ni tan siquiera se preocupó de elaborar mínimamente una teoría sobre la ficción coherente con su distinción entre sentido y referencia.

Expresiones con referencia pero sin sentido

Bertrand Russell, posteriormente, expresó el punto de vista según el cual hay expresiones que tienen referencia, pero que no tienen sentido. El pronombre personal de primera persona, «yo», y los indéxicos: «eso», «este», etc. tienen referente y no tienen sentido. No expresan modo de presentación alguno de objetos, sino al objeto mismo, en la medida en que estas expresiones son utilizadas para referir a objetos que se encuentran en nuestro entorno perceptivo. Cuando digo «este cajón está roto», el «este» va pegado al objeto, como una etiqueta, y no es necesario un sentido que determine de modo alguno el objeto al que me refiero.

Siguiendo este punto de vista, Russell llegó a afirmar que «yo», «ese», «este», etc. eran los únicos nombres propios genuinos, siendo lo que comunmente llamamos nombres propios («Fernando», «Córdoba», «Drácula») descripciones encubiertas.

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