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El «ethos» de la música (II)

Publicado por Ruben Avila

Os hablábamos ayer de la teoría del ethos de la música, muy extendida en la cultura de la antigua Grecia y que planteaba que la música tenía determinados poderes que nos influían de manera determinante en nuestro carácter. De esta forma, dividían las diferentes músicas sobre la base de sus supuestos efectos. Así, la música característica griega era la dórica, de tonos graves, y austera. De ella consideraban los griegos que era tranquilizadora y reconstituyente. Su opuesto era la música frigia, proveniente de oriente, y que con su tonalidad alta y extravagante —para las ideas griegas, claro— se la consideraba orgiástica. Así, esta se utilizaba en el culto a Dionisos, mientras aquella lo era al de Apolo.

ethos musica

En esta disputa, los filósofos griegos, como los pitagóricos o Platón, no tuvieron ninguna duda dónde situarse. De esta forma, el pensador ateniense atribuía a la música dórica un ethos positivo, mientras que a la frigia le otorgaba un negativo. Para él, sólo era admisible la vieja tonalidad, repudiando la nueva. Hay que tener en cuenta que Platón pretendía para su República una música regia, militar, que fortaleciera el carácter del hombre. Así que la frigia no podría ser nunca aceptada en su reino, ya que se le acusaba de sacar a los hombres de sí —supongo que las drogas que se tomaban durante el culto a Dionisos tendrían algo que ver en ese salirse de sí—.

Sin embargo, con el paso del tiempo, los griegos descubrieron tonalidades intermedias. Como la eolia, bastante épica y que por su afinidad con la dórica era conocida como hipodórica; o la jónica, menos meliflua que la frigia pero que destacaba por su tonalidad lírica, conocida como hipofrigia; y otras como la lida, hipolidia o mixolidia. Vaya, que existían una variedad importante de tonalidades, más o menos similares entre sí dependiendo con quién se las comparase.

Pero a los seres humanos nos gusta simplificar o, mejor dicho, muchas veces necesitamos hacerlo para poder tratar con la realidad que nos abruma. Sea como fuera, los griegos terminaron por sintetizar todas las tonalidades en tres. Las dos extremas y una tercera intermedia.

Los filósofos se encargarían de dar a esta clasificación una vertiente moral y psicológica. Así, Aristóteles diferencio entre tonalidades éticas, prácticas y entusiásticas. Donde en los extremos se reconocen claramente a la dórica y a la frigia.

Las éticas, según esta doctrina, influirían sobre todo nuestro ser, produciendo un equilibrio ético, como la dórica, o destruyéndolo, aniquilándolo, como así haría la mixolidia por su tristeza y la jónica por capacidad cautivadora. Las prácticas influyen parcialmente en nosotros, motivando ciertos actos volitivos, y las entusiásticas, con la frigia a la cabeza, nos sacarían por completo de nuestros cabales, llevándonos al éxtasis.

Ya en la época helenística seguía manteniéndose la división de tres tonalidades pero la terminología no era la misma y el sentido también había variado. Así, encontramos en Arístides Quintiliano la siguiente clasificación:

1. Ethos diastáltico. Que corresponde a la música heroica y viril.
2. Ethos sistáltico. Opuesta a la anterior, donde predominan los sentimientos tristes y amorosos.
3. Ethos hesicástico. Sería la del término medio, en la que se mantiene un término medio.

Imagen: elsalmonurbano.blogspot.com.es

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