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Vanagloria

Publicado por Ruben Avila

Cuenta Esopo en una de sus fábulas que una mosca posada en el eje de una de las ruedas de una carroza gritaba hinchada de orgullo: ¡Cuánto polvo levanto! Y es así, asegura Bacon que recuerda la anécdota, que muchas personas vanas actúan. Creen que el mundo se mueve gracias a ellas, y actúan como si tal cosa fuera real y, siquiera, posible. Pero, como a la mosca de Esopo, no será fácil hacerles ver que no son ellas si no las ruedas de la carroza quienes están levantando el polvo.

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Una de las características del ser humano es su vanagloria. Ya no como individuos, que aquí encontraremos diversos niveles, sino como especie. Tendemos a considerar que somos el centro de todo, y de forma bastante literal. Hasta hace apenas unos siglos había un acuerdo común, siguiendo la doctrina tolomeica, que el resto de astros giraban en torno a la tierra. Y esto ocurría sencillamente porque era este el planeta habitado por los humanos y nosotros, claro, éramos el centro de la creación.

De hecho, el fundamento de la religión, de cualquiera (o por lo menos de la mayoría) es colocar a los seguidores de la misma en un punto elevado respecto a sus semejantes. El judaísmo, probablemente el ejemplo más crudo de lo dicho, establecía que era el pueblo de Israel el elegido por Dios. Ellos y sólo ellos.

Respecto a la religión asegura Freud que su fundamento es la necesidad infantil de sentirse protegidos, por lo que sentirse “elegidos” sería una estrategia para garantizar esa seguridad. Así que no sería vanagloria, sino miedo. Sobre este particular tal vez hablemos en otro artículo, pero no es el tema del presente. Negar la salvación a los demás, a todos aquellos que no sigan un credo concreto, no puede dejar de ser una marca de vanagloria.

Pero la ostentación también lleva a la acción. La necesidad de gloria, y de ser reconocido, es uno de los motores de todo lo que hacemos. Sin ella, probablemente, habríamos conseguido la mitad, o nada, de lo que sea que hayamos conseguido. Como aseguraba Cicerón: «quienes escribas libros sobre la inutilidad de la gloria, que se cuiden de poner su nombre en la portada». Queremos ser reconocidos por lo que hacemos, bien sea por nuestras familias y/o amigos, por el resto de los humanos o por nuestro Dios.

La medida, recordemos a Aristóteles cuando decía que en el medio está la virtud, en que consideremos nuestro comportamiento será la que marque el límite entre la búsqueda de gloria y la vanagloria. O quizás, simplemente, vaya la una unida a la otra, sólo cambie el tribunal ante cada cual quiere ser juzgado.

Uno de los objetivos de la ciencia, o por lo menos de las consecuencias de sus descubrimientos, ha sido el de hacernos cada vez más pequeños, arrancarnos de cuajo nuestras aspiraciones a ser el centro de todo, el heliocentrismo que sustituyó al geocentrismo o la teoría darwiniana de la evolución de las especies, son dos casos paradigmáticos pero no los únicos.

Sin embargo, a pesar de los reveses que hemos recibido, a pesar de que se nos ha demostrado que nuestra especie no es tan “especial” como pensábamos, seguimos, por lo menos a nivel subconsciente, con la misma consideración. Nos creemos mejores que el resto de las especies, lo que el psicólogo Richard D. Ryer denominó como especismo. Pero, ¿realmente lo somos? ¿Es vanagloria, especismo o simplemente un hecho contrastable?

Imagen: sionasesoriasempresariales.blogspot.com.es

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