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Identidades

Publicado por Ruben Avila

Nuestras acciones nos señalan, son como chivatos que pitan ante los demás y ante nosotros mismos. Pero también lo hacen nuestros pensamientos, aunque por su esencia puedan ser encerrados y ocultados a la vista de los otros que nos observan. Como decía Montaigne «cada parcela, cada ocupación del hombre lo acusa y muestra, igual que cualquier cosa». Así, podemos juzgar a Alejandro tanto en el campo de batalla, como en la alcoba o en la mesa. Y lo mismo con cualquier otra persona. Son todos sus actos y pensamientos, en cualquier situación, los que le definen. Pero, entonces, somos tantas cosas diferentes que suena a impostura hablar de un yo, que se supone inmutable, esencia de algo multiforme, casi inaprensible. Por eso se preguntaba Bertrand Russell cómo si cada segundo expulsamos cientos de miasmas de nuestro cuerpo, entran y salen miles de organismos, si estamos en continuo cambio osamos de pensar en un yo, qué mentira es esa, diría Hume que no creía en su existencia

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Claro, qué podríamos decir de alguien que es un gran músico, de gran éxito, lo que le reporta pingues beneficios, que utiliza, entre otras cosas, para ayudar a otras personas, a un pueblo entero del que hace de benefactor donándole, por ejemplo, ambulancias. Y qué decir de la misma persona si añadimos que es el líder de una secta entre cuyas costumbres encontramos la violación de menores. Bien este es el caso de Ullrich Schulz, más conocido como Oliver Shanti, músico chill out, multimillonario y productor de música, hijo predilecto de Vila Nova de Cerveira. y líder de una secta alemana que violó a 1000 menores, de los que al parecer 116 lo fueron por él.

¿Qué es pues Ullrich Schulz u Oliver Shanti? ¿Productor y músico? ¿Millonario? ¿Benefactor de un pueblo de Galicia? ¿Líder de una secta? ¿Violador? ¿Es todas esas cosas o ninguna, ya que los podemos entender como momentos de un yo inexistente?

Resulta que si nos imaginamos por un momento ser amigos de él, ser amigo del músico y millonario, de Oliver, el benefactor, probablemente cordial y afable con nosotros, y un buen día, mientras desayunamos y leemos el periódico, nos enteramos de que Oliver también es Ullrich, aunque eso probablemente ya lo supiéramos, pero que además, y esto es lo novedoso, esto es el puñetazo en el estómago, que es el líder de una secta y que violó a 116 menores, ¿qué sería entonces él para nosotros?

¿Seguiría siendo el músico, millonario, benefactor y nuestro amigo? O ya sólo sería el violador de menores, el pederasta sin escrúpulos. ¿Con quién nos quedamos? ¿Cuántos yoes descubrimos de repente?

A causa de nuestra imposibilidad de afrontar las disonancias cognitivas, probablemente si decidimos cortar la relación Ullrich será simplemente un pederasta sin escrúpulos que nos engañó durante años y que es mejor olvidar. Finalmente, nos alegraríamos de que se hubiera descubierta el engaño y dejar de relacionarnos con semejante ser. Él, el pederasta no puede ser nuestro amigo, no puede ser el benefactor. Si, por el contrario, decidiéramos —por los motivos que fueran— seguir siendo sus amigos, no podríamos dejar de pensar que se ha debido todo a un error o a una confabulación de sus enemigos. O, quizás, realmente fue captado por una secta, pero ni mucho menos el líder de ella, y obligado a hacer semejantes atrocidades. Él, nuestro amigo, el benefactor no puede ser un pederasta.

Así que la pregunta sigue en pie, ¿quién es él? ¿Cuál es su yo? Y lo que es más intrigante, ¿cuál es el nuestro?

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