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La Metafísica de Kant – Tercera Parte

Publicado por Malena


Kant llegó al concepto de idea para referirse al alma, al universo y a Dios, que no pueden conocerse con la razón. El alma como síntesis de las vivencias, el universo como síntesis de todo lo que existe y Dios como la suprema síntesis.

La tercera parte de la metafísica de Kant se refiere a la existencia de Dios. Así como del alma y del universo, de Dios tampoco tenemos la percepción sensible, de modo que no podemos afirmar que existe; sólo podemos tener la idea de una entidad perfecta; y la idea para Kant no es suficiente.

La Metafísica de Kant - Tercera Parte

El argumento de que después de una innumerable serie de causas existiría lo no causado, o Dios, es un error de razonamiento para Kant, porque de pronto, sin ningún motivo se deja de aplicar la categoría de la causalidad.

En cuanto se refiere a la finalidad de todas las cosas en el mundo que supone una inteligencia creadora, teoría que sostienen los teólogos, tampoco es una conclusión que tenga consistencia.

Por lo tanto, la metafísica para Kant, es imposible como conocimiento científico y racional; sin embargo puede haber otro camino basado en otra actividad de la conciencia humana que no sea la vía de la razón; de esta manera no se puede refutar la metafísica, y la libera de toda crítica.

Kant elimina la posibilidad de que la metafísica sea una ciencia y que alguna vez pueda ser objeto de conocimiento racional.

Así comienza un nuevo fundamento para la metafísica, la conciencia cognoscente, no el conocimiento racional.

Los seres humanos no tienen solamente la capacidad de conocer, también pueden trabajar, vivir, hacer negocios, producir, construir edificios, organizar instituciones políticas, morales y religiosas, o sea que lo que el hombre puede hacer trasciende en gran medida la actividad de conocer.

Existe una actividad espiritual que Kant denomina conciencia moral, que es la que incluye los principios por los cuales se rigen los hombres, y este es un hecho que no se puede negar.

Los principios de la conciencia moral son tan claros como pueden ser los de la razón; porque los juicios morales son también juicios como los juicios lógicos.

Kant propone que los principios de la conciencia moral pueden hacer que el hombre aprehenda los objetos metafísicos y como Aristótes, Kant denomina razón práctica a estos juicios.

La razón práctica no es la razón del conocimiento que se aplica a conocer la esencia de las cosas, sino que es la razón aplicada a la práctica, a la moral.

Los calificativos morales pueden predicarse sólo de los hombres no de las cosas, porque las cosas no pueden ser ni buenas ni malas, son lo que son; en cambio el hombre al actuar puede distinguir entre lo que hace y lo que quiere hacer y el calificativo de bueno o malo se refiere no a lo que hace sino a lo que tiene intención o voluntad de hacer.

Para Kant, lo único bueno o malo del hombre es su voluntad; porque todo acto pasa por la conciencia como mandamiento y se presenta a la razón, cuando se reflexiona, de dos maneras, como imperativos hipotéticos y como imperativos categóricos.

El imperativo hipotético es voluntario porque está condicionado por la voluntad del hombre, (quiero o no quiero hacer esto o aquello).

El imperativo categórico es aquel cuyo mandamiento no tiene condición alguna ni dependen de la voluntad, como los de la moral, por ejemplo, “no mates” o “no robes”.

La moral no es lo mismo que dice la ley; el acto moral tiene pleno mérito personal, no es una obligación por temor a ser castigado.

Sin embargo, el hombre en lugar de escuchar la voz de su conciencia, no actúa por moral propia sino para evitar el castigo, transformando así el imperativo categórico en hipotético, o sea condicionado por la voluntad.

Para Kant, una voluntad es pura y plena cuando se rige por imperativos auténticamente categóricos, cuando la acción muestra una voluntad pura y plena y se realiza por respeto al deber y no considerando su contenido.

La fórmula de Kant del imperativo categórico es: Compórtate de manera que puedas querer que el motivo que te impulsa sea una ley universal.

Fuente: “Lecciones preliminares de filosofía”, Manuel García Morente.

Continúa Cuarta Parte.

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