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Wittgenstein IV: las proposiciones I

Publicado por Esteban Galisteo Gámez

En el Tractatus Wittgenstein distingue entre las proposiciones de la ciencia natural y las de la lógica. En esta entrada vamos a explicar la concepción de Wittgenstein en el Tractatus sobre las proposiciones empíricas, esto es, las de las ciencias naturales. Dedicaremos el siguiente a las proposiciones de la lógica (tautologías y contradicciones).

El sentido de las proposiciones

wittgenstein-proposiciones

Como siempre, comenzaremos introduciendo un fragmento de la obra que estamos comentando.

Lo que Wittgenstein trata de decir aquí es que una proposición es como un camello, pero sin joroba… Es broma. En realidad se trata de algo mucho más profundo que explicaremos con un ejemplo. Veamos la proposición (1)

(1) Schopenhauer mantuvo relaciones sexuales con un ornitorrinco.

(1) es, con toda seguridad, falsa… Bueno, vamos a decir que es falsa sin más, pues aunque no conozcamos la vida sexual de Schopenhauer muy en profundidad, podemos estar seguros de que jamás se lo montó con un ornitorrinco. Ahora bien, en términos de Wittgenstein (1) representa un posible estado de cosas. Las expresiones «Schopenhauer» y «un ornitorrinco» están cada una por un objeto, son nombres de objetos. Y «mantuvo relaciones sexuales con» representa una determinada relación, valga la redundancia. Ahora bien, ¿cómo puede ser (1) la figura de un hecho si es falsa? ¿Acaso representa un no-hecho-pero-casi?

La respuesta es mucho más chula… desde un punto de vista filosófico. Sabemos que «Schopenhauer» está por una cosa; que «un ornitorrinco» está por alguna otra. Y estas cosas son los significados de estos signos. Ahora bien, en el caso de (1) no hay cosa alguna que esté por la proposición, puesto que es falsa. ¿Cómo puede tener significado? Los objetos a los que refieren los nombres son entidades extralingüísticas, pero en el caso de (1) no tenemos alguna entidad extralingüística, un hecho por ejemplo, que le confiera significado.

El significado de la proposición está en la proposición misma, puesto que una proposición, (1) por ejemplo, tiene el mismo significado tanto si es verdadera como si es falsa. Esto no es algo que solo le ocurra a las proposiciones. Las escenas de las viñetas de los cómics solo están en las viñetas de los cómics. La opción que nos queda está en los elementos de la proposición o de la «figura», esto es, en los signos que forman la proposición. A este respecto, 2.14 es esclarecedor. Y si a este le añadimos 3.141, entonces todo está más claro: «La esencia de un signo proposicional se ve muy claramente si lo imaginamos compuesto de objetos espaciales (tales como mesas, sillas y libros) en vez de signos escritos. Entonces la ordenación espacial de estas cosas expresará el sentido de la proposición».

(1) está formada por signos físicos y la ordenación de estos de una manera determinada es la que le da sentido. Pensemos en (2)

(2) Juan tiene un llavero.

Esta tiene un significado, dice que «Juan» está en determinada relación con «un llavero». Ahora bien, si cambio el orden de los signos que componen la proposición, entonces obtenemos

(3) Un llavero tiene [a] Juan.

Ordenando los signos de determinada manera obtenemos una representación posible del mundo, que puede corresponderse o no con un conjunto de hechos del mundo (que la harían verdadera). Ahora bien, ni hay una tercera entidad que medie entre la proposición (su significado) y el conjunto de hechos que la haría verdadera, ni el conjunto de hechos representado por la proposición subyace a esta de manera alguna.

¿Cómo es que una proposición puede representar un hecho?

Las proposiciones y lo que representan no se parecen en nada, como se puede ver si comparamos un ornitorrinco con la palabra «ornitorrinco». ¿Cómo es que ordenando los signos de determinada manera obtenemos «figuras de los hechos» (proposiciones)? Lo que hace de cada signo que aparece en una proposición un signo lógico de determinado tipo es el lugar que ocupa en la proposición, esto es, en la ordenación de los signos que componen el «signo proposicional». En función de cómo se relacione cada signo con los demás diremos que es de un tipo u otro (un nombre, un predicado, una relación, etc.).

Pero esto necesita mayor aclaración. Las marcas que utilizamos para referirnos a determinado individuo, por ejemplo, «Schopenhauer», son convencionales. Se podría haber utilizado otras. Ahora bien, establecido que tales marcas son un nombre, se establece de una vez por todas su lugar en el espacio lógico. Utilizar «Schopenhauer» de forma distinta a como se ha introducido es una transgresión de la regla que gobierna su uso y produce sinsentidos. Por ejemplo,

(4) Schopenhauer es un número primo.

(5) Tengo un Schopenhauer descapotable.

(6) Es Schopenhauer tirando a pelirrojo.

Una vez que establecemos una regla de uso para un signo, ya no podemos transgredirla so pena de decir chorradas como (4)-(6). Elegir qué función desempeñará un signo es convencional, hasta que dicha convención queda fijada por la regla. Desde este punto de vista, lo que diferencia el enunciado (1) de los enunciados (4)-(6), es que en (1) seguimos la regla que fija el uso de «Schopenhauer», la regla lógica que establece los lugares que este signo puede ocupar en una proposición, mientras que en (4)-(6) transgredimos dicha regla.

Las reglas lógicas que gobiernan el uso de los signos tienen un sentido en la medida en que se corresponden con la lógica del mundo. Y es en virtud de esta correspondencia que las proposiciones y los hechos tienen una misma estructura lógica. Entender las reglas que gobiernan el uso de los signos que componen la proposición, es lo que nos muestra su común estructura lógica con el mundo. Por otra parte, las proposiciones solo tienen sentido en la medida en que los signos que las componen están relacionados con objetos del mundo.

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