Filosofía

Robespierre

Publicado por Esteban Galisteo Gámez

Recientemente he participado en un debate de Facebook bastante acalorado, a la par que bochornoso. Era acalorado porque habían muchas convicciones en juego y me resultaba bochornoso porque era un debate en el que participaban filósofos y el nivel argumentativo era mediocre en general, aunque tengo que decir, dándole una patada a la modestia, que algunos de los que hemos participado somos inocentes de este cargo. Como imaginaréis por el título, el debate tenía algo que ver con Robespierre pero, como probablemente no podéis imaginar, nada hemos hablado acerca de este personaje histórico, sino de lo que explicaremos a continuación.

Los hechos

Robespierre

Maximilien de Robespierre (1758-1794). Además de ser un revolucionario francés y de haber sido ajusticiado por sus adversarios, suele inspirar los argumentos de las castas opresoras y de los filósofos despistados.

Comenzaremos hablando de los hechos que han llevado a tan esperpéntico debate. Si estáis al día con las noticias, nacionales o internacionales, según el país en el que viva cada lector, sabréis que Juan Carlos I de Borbón, rey de España en funciones, ha abdicado recientemente y que a este le sucederá su hijo Felipe, con el nombre de Felipe VI. Por otra parte, si conocéis la historia española, entonces sabréis que en España había entre los años 1931 y 1936 una república legitimada por las urnas. Esta fue suprimida por una insurrección por parte de los sectores conservadores del Estado: iglesia, burguesía y ejército. En 1939 comienza la dictadura fascista del general Franco, la cual termina con la muerte de este en 1975. Termina la dictadura personal de Franco, pero continua el régimen franquista. El estado español se convierte en una monarquía parlamentaria y Juan Carlos de Borbón, nieto de Alfonso XIII, quien había huido de España tras el resultado de las elecciones municipales de abril de 1931, llega a rey.

El rey, a quien en principio nadie quiere, se va volviendo simpático para el pueblo. Se organiza un falso golpe de estado, Juan Carlos I salva la situación y de repente se convierte en un campechano y amado rey. Sin embargo, con el paso de los años, los escándalos de corrupción por parte de la familia real y la crisis económica, su imagen cae al suelo.

Las elecciones europeas del 25 de mayo de 2014 desquebrajan el bipartidismo. Para relanzarlo, dada la dañada imagen de Juan Carlos I y su función como sostén de este sistema, se decidió, de la noche a la mañana, que abdicara y que le sucediera Felipe, quien está mejor valorado por el pueblo.

Pero la abdicación de Juan Carlos I, como era de esperar, le ha dado fuerza a un debate abierto en España desde finales de los 70 del siglo XX. Se trata del debate entre monarquía y república. Pues bien, es en el contexto de este debate en el que la figura de Robespierre, entendido como un tipo de dictador cruel y sanguinario salido de una revolución popular y no como el personaje histórico que, de hecho, es, toma protagonismo.

Robespierre como clase de cosas

Para quien tiene dificultades en reconocer una pluralidad de individuos dispares entre sí, espacio-temporalmente distintos e ignorantes acerca de sí mismos en muchos aspectos, es fácil inventarse un tipo de cosas a partir de sus creencias sobre un individuo particular. Y así se inicia el debate de Facebook del que estamos hablando: con la desafortunada invención de una clase de personas: los robespierre. Esta clase sería la de los dictadores que podrían surgir de un pueblo embravecido que vive el ardor de una revolución. Este es el modo en que Robespierre ha desempeñado su papel en nuestro debate.

El debate sobre los robespierres

Un profesor de la Universidad de Granada, Luis Sáez Rueda, a quien tengo como contacto en la red social mencionada, escribió en su muro lo siguiente:

«La desaparición de la Monarquía es algo inexorable.
¿República? ¡Por supuesto! Pero Robespierre no.
¿Proceso constituyente? ¡No estaría mal una buena limpieza! Pero con cabeza. Un proceso así se hace entre todos o no vale para nada. Y ahora mismo las dos españas de siempre están muy lejos una de otra y casi a la par en fuerza («españolito que vienes al mundo, una de las dos españas ha de helarte el corazón», A. Machado). Irlo pidiendo es juicioso. Pero todo tiene su Kairós. El fruto se recoge cuando está maduro.
¿Crítica continuada? ¡Absolutamente necesaria! Pero más allá de cualquier amago de resentimiento, el peor enemigo de cualquier revolución.»

Esto, que debido a prejuicios adquiridos a través de la televisión, sumado a la cita de Antonio Machado, suena a sensato, es, en mi opinión, bastante erróneo. Y así lo expresé. En primer lugar, lo que tenemos ante nosotros es el típico discurso en el que se le trata de decir al pueblo, de ahí que se coloque en Facebook y sea públicamente accesible, que no está preparado para cumplir sus anhelos políticos porque, dadas las circunstancias, existe el peligro que de este pueblo salga un dictador sanguinario tipo Robespierre. Este paquete incluye dos puntos que no son triviales: el primero de ellos es que supone demonizar al pueblo, al que a los intelectuales elitistas como Ortega suelen llamar masa en un tono despectivo y arrogante. El segundo, es que se le dice al pueblo que aplace sus anhelos revolucionarios porque, como está resentido, pueden llevar a una catástrofe, así que hace falta madurar la idea.

Para mí estas ideas son inadmisibles, porque asumen una biografía de un personaje histórico, que merece ser puesta en entredicho, a la par que abandera una «crítica continuada», además de obviar el contexto, hacer un juicio injusto e infundado sobre la mayoría y de generalizar hechos históricos aislados. No solo eso, sino que también postula en el total de los individuos un sentimiento de resentimiento que no es tal, sencillamente porque es metafísicamente imposible que exista tal resentimiento. Pero vamos a considerar cada uno de estos elementos.

Asumiendo discursos ajenos

El texto que criticamos tiene un grave problema que lo impregna todo. Su emisor no se da cuenta de que está adoptando parte del discurso conservador establecido, de ahí que asuma, en primer lugar, que Robespierre era un tirano cruel y sanguinario. Esta es la versión oficial de la biografía de Maximilien de Robespierre, la cual no es puesta en entredicho por la misma voz que dice esto: «¿Crítica continuada? ¡Absolutamente necesaria!» Y hay buenas razones para poner la biografía oficial de este personaje en entredicho. Y no solo podríamos basarnos en la literatura reciente, que desmiente la biografía oficial de este hombre maltratado por la historia y por los profesores de filosofía despistados, sino también por lo que cualquier filósofo debería tomar en consideración, a saber, Robespierre fue decapitado por sus detractores, quienes siguieron gobernando y controlando Francia tras su muerte. ¿No serían estos quienes habrán difundido, a través de las escuelas, el cine, el teatro, etc. la imagen de Robespierre que les interesaba? ¿Y no será esta imagen útil para que el pueblo se tema a sí mismo y frenar así todo anhelo revolucionario?

En fin, parece ser que, en este contexto, la crítica continuada tiene sus límites: las tonterías dichas por uno mismo.

Obviando el contexto

Aun suponiendo que, de hecho, Robespierre fuera el ser sanguinario que se dice que fue, queda todavía el problema del contexto. La Francia de Robespierre era una Francia en la que una espiral de violencia desencadenó un caos sanguinario. A Robespierre se le coloca como símbolo de esta espiral de violencia. Sin embargo, los franceses no estaban así a causa del resentimiento, ni porque habían hecho la revolución. La razones de que las circunstancais fueran las que fueron son bien distintas. Lo que terminó de violentar al pueblo francés fue el precio del pan, tras un largo periodo de tensión contenida. El hecho de que las familias no pudieran comprar productos básicos, desencadenó una vorágine de violencia. Es de ese contexto del que puede surgir un Robespierre.

El caso del referéndum por la III República en España es bien distinto, lo suficiente como para que hablar de un Robespierre esté fuera de lugar. En efecto, no existe una circunstancia que vaya a llevar a la población en su conjunto a arriesgar su seguridad. Sencillamente, el cambio de sistema político no es suficiente para ello. Para que se desencadene una espiral de violencia de este tipo, se deben dar circunstancias extremas en la vida de las personas. Y con circunstancias extremas no nos referimos a que pasen ciertas calamidades, sino a que ni siquiera tengan la posibilidad de acceder a recursos tan básicos como los alimentos, porque el precio de estos sea tal que cualquiera con su trabajo no pueda acceder a ellos. Los robespierres, si existe de hecho una clase de individuos que podamos llamar así, necesitan de este tipo de clima para prosperar.

Juzgando a la mayoría desde la cumbre con un dedo levantado

El texto que estamos aquí discutiendo sugiere a un sabio que, desde lo alto de la cumbre de una montaña, habla a la plebe con solemnidad y un dedo levantado. Bueno, en mi opinión esta sería la puesta en escena adecuada. En fin, la puesta en escena es importante, pero lo cierto es que no convierte en razonable lo que no lo es. En cualquier caso, oculta un juicio injusto hacia una mayoría que, históricamente, ha sufrido más que la minoría a la que, inadvertidamente, se protege con el texto que aquí estamos poniendo a caldo.

Para mantener tal idea, Luis Sáez asume, en un momento del debate, que todos tenemos un fascista dentro, puesto que él lo tiene y Gilles Deleuze también. La mejor manera de quitarle hierro a un vicio es decir que todos lo tienen. Lamentablemente, este no puede ser un juicio a priori, así que la tesis de que todos tenemos un fascista dentro debe ser puesta a prueba empíricamente. Además, decir eso en el contexto español, en el que han existido víctimas del fascismo, es poco menos un insulto. Tal vez haya personas que tienen a un fascista dentro, por ejemplo Luis Saez y Gilles Deleuze, pero me parece irresponsable que extiendan sus vicios al total de la humanidad, la cual, con toda seguridad, es inocente de tal cosa.

Generalizando hechos históricos aislados

Sigamos asumiendo que Robespierre fue de hecho un dictador cruel y sanguinario. Los dictadores sanguinarios y crueles salidos de las clases populares, como producto de una revolución popular, son bastante escasos, si a la historia (y el texto que discutimos tiene un fuerte carácter historicista) nos hemos de remitir. En realidad esta podría ser contada desde la perspectiva de los abusos de las clases poderosas sobre las mayorías indefensas (las mayorías son indefensas porque ni tienen armas ni formación militar), tomando como principio los tiempos del Antiguo Testamento y llegando hasta nuestros días.

Desde este punto de vista, la injustificada prevención contra un posible Robespierre se basa en generalizar casos aislados que han ocurrido en la historia reciente. Con un ejemplo se verá claramente. Si seguimos la lógica de este argumento, entonces si un amigo nuestro tiene una abuela prostituta, es probable que nuestro amigo se convierta en prostituta. Absurdo, ¿verdad? Lo es y mucho.

Es más, si tenemos en cuenta que en España lo que hay es una tradición golpista que aplasta a la voluntad popular cada vez que le apetece y que esta tradición golpista se manifiesta sobre todo en contextos democráticos, entonces nos damos cuenta de que tal comentario acerca de los robespierres posibles salidos del anhelo republicano español no es solo injusto, sino también injustificado y fuera de lugar.

El resentimiento inventado

El resentimiento es un sentimiento y, como tal, no se tiene así como así. Cuando se han querido tapar los crímenes del franquismo en España siempre se ha apelado al resentimiento. Sin embargo, en la actualidad, hablar de resentimiento está fuera de lugar. Las personas que pudieron tener un resentimiento contra el franquismo han muerto. Y con ellas dicho resentimiento. Sencillamente, es metafísicamente imposible que cualquier persona que no haya sido agraviada por el franquismo, de forma directa, tenga un sentimiento de resentimiento genuino, por la simple y llana razón de que no han sido agraviados en absoluto y, por tanto, sin existir el agravio no se desencadena el resentimiento. En otras palabras: las condiciones de posibilidad de este sentimiento no se dan en la actualidad.

Solo encuentro dos maneras en las que se puede hablar de resentimiento en este contexto. La primera de ellas, es porque exista un interés claro en perpetuar el régimen franquista y en que no salgan a la luz todos los crímenes cometidos por dicho régimen contra el pueblo español. La segunda, es porque el que utiliza esta palabra nunca se haya sentido resentido en su vida, desconozca cómo se presenta este sentimiento y, por tanto, confunda con resentimiento lo que no es tal. Es decir, sería alguien que sabe del resentimiento porque ha oído hablar a personas resentidas acerca de ello y, teniendo en cuenta lo que el resentimiento es, ocurre igual que alguien que solo sabe del dolor porque le han hablado de él y nunca se ha machacado un dedo con un martillo.

Categorías: Filosofía y Sociedad