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Historia de la estética (XIII): Kant y los juicios de gusto

Publicado por Esteban Galisteo Gámez

Aunque no ha sido en esta serie de artículos dedicados a la Historia de la estética, lo cierto es que en este blog hemos dedicado una entrada al juicio estético. En ella seguíamos, principalmente, la teoría que desarrolló Kant al respecto. Pues bien, en este post y el siguiente vamos a ver la teoría estética de Inmanuel Kant al completo. Esta tiene en su haber el haber sido la primera teoría estética integrada en todo un sistema filosófico.

Los juicios de gusto según Kant

historia de la estética

Los juicios de gusto son un hecho y por ello Kant se pregunta por sus condiciones de posibilidad. Se pregunta cómo son posibles los juicios sobre la belleza y lo sublime. Lo que ha de hacer es armonizar las dos características definitorias de los juicios de gusto o estéticos: por un lado el hecho innegable de ser subjetivos, por otro lado, su reivindicación de universalidad. Esto es lo que Kant va a estudiar en su Crítica del juicio, concretamente en la «Analítica de la Belleza» y en la «Analítica de lo Sublime».

A partir de su análisis Kant extraerá una caracterización completa del juicio de gusto. De este modo, el juicio de gusto afirma, en primer lugar, una relación entre una representación y una satisfacción especial desinteresada. En segundo lugar, aunque el juicio de gusto tiene la forma lógica de un juicio singular, da pie a una aceptación universal, sin tener que estar apoyado en razones. En tercer lugar, el objeto que provoca la satisfacción estética que lleva al juicio de gusto, es intencional en su forma, aunque de hecho no tiene objetivo ni función. Y, en cuarto lugar, el juicio de estético hace referencia necesaria a la satisfacción estética, en el sentido de que todos los demás deberían experimentar exactamente la misma satisfacción que nosotros.

La validación de los juicios de gusto

La validación de los juicios de gusto es un problema y Kant es consciente de ello. Se trata de legitimar la «universalidad subjetiva» con su exigencia de necesidad. Lo que hay que demostrar es que las condiciones que se suponen en el juicio estético van más allá del sujeto que lo emite, pudiéndose adscribir a los seres racionales. Para demostrar esto Kant lleva a cabo una deducción trascendental.

En primer lugar, el conocimiento empírico, por su propia naturaleza, presuponen una armonía entre la imaginación (intuiciones particulares) y el entendimiento (conceptos generales). En segundo lugar, experimentar la intencionalidad formal en un objeto podría inducir, según Kant, a un intenso placer desinteresado que dependería de la conciencia de la armonía existente entre la imaginación y el entendimiento. Este sería el placer que se afirma en un juicio de gusto. Ahora bien, puesto que la posibilidad de compartir conocimiento con otros presupone que en cada uno de nosotros hay esta cooperación entre el entendimiento y la imaginación, se sigue entonces que todo ser humano posee la capacidad de sentir esta armonía entre ambas facultades: la imaginación y el entendimiento.

Dado que el juicio de gusto implica el uso de conceptos y dado que el uso de conceptos conlleva razones, sin embargo se ha dicho que el juicio de gusto no se apoya en razones, ¿cómo soluciona Kant esta paradoja? Para Kant en los juicios de gusto no hay implicado ningún concepto determinado, sino un concepto indeterminado de lo suprasensible, esto es, de la cosa en sí.

Bibliografía:

Monroe C. Beardsley y John Hospers (2007). Estética. Historia y fundamentos. Cátedra, Madrid.

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