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Historia de la estética (I): la prehistoria

Publicado por Esteban Galisteo Gámez

En un sentido estricto, la historia de la estética comenzó con Platón, al menos la historia de la estética occidental, que es la que se suele estudiar bajo el epígrafe «historia de la estética». Será de esta de la que hablaremos en esta serie de posts que iniciamos hoy.

Como decíamos, aunque la historia de la estética no empieza hasta la reflexión filosófica del filósofo ateniense, lo cierto es que durante los dos siglos que precedieron a este pensador se fue allanando el camino para que Platón iniciara la reflexión filosófica sobre el arte. Obviamente, estamos hablando de los siglos VII-VIII a. C. Es en esta época en la que nos encontramos los primeros protojuicios estéticos, como el que se hace sobre el escudo de Aquiles, grabado por Hefesto, según relata Homero en la Ilíada: «constituía [el escudo grabado por Hefesto] una obra maravillosa». Es en este momento cuando los primeros filósofos, los físicos, discuten sobre la relación entre un objeto y su representación, aparece así el asombro ante el concepto de imitación, de mímesis. Será Platón quien ponga de manifiesto las consecuencias estéticas de las reflexiones de sus predecesores, concretamente de Parménides y Demócrito.

Historia de la estética I

Un hecho ocurrido en la historia del arte sería otra motivación que llevaría al nacimiento de la reflexión filosófica sobre el arte, iniciando la historia de la estética. Se trata de la elevación a la categoría de sabios, de maestros religiosos y morales y de profetas de dos poetas, Hesíodo y Homero, quienes fueron atacados por dos de los filósofos más importantes del momento: Heráclito, por un lado, y Jenófanes, por otro. Para ambos los dos poetas ignoraban la filosofía y la verdadera religión, lo que no los hacía dignos de la categoría a la que habían sido elevados.

Por su parte, es este momento, dos siglos antes de los inicios de la historia de la estética, cuando comienzan a plantearse algunas de las cuestiones fundamentales. De este modo, la cuestión sobre el origen de la inspiración artística fue planteada, primeramente, por Homero y Hesíodo. Para estos dos poetas, la inspiración artística tenía un origen divino. Por su parte, Píndaro, que también pensaba que el origen de la inspiración artística estaba en los dioses, asumía que con el esfuerzo personal se puede desarrollar la habilidad… al menos en poesía.

Pero los más sofisticados y variopintos entre los predecesores de Platón, fueron Pitágoras y sus boys… bueno, sus seguidores, más bien. Ellos, que eran una mezcla entre científicos y místicos, descubrieron que existía una dependencia entre los intervalos musicales y la longitud de las cuerdas tensadas, lo cual les llevó a formular una teoría no menos pintoresca que su secta. Así, los pitagóricos postularon, a raíz de este descubrimiento, que los elementos últimos que componían la materia eran los números o, como mínimo, dependen de los números. A partir de esta teoría metafísica, desarrollaron una ética y una teoría terapéutica de la música. Según esta teoría, la música podría restaurar la armonía del alma. Con «armonía» se referían a la octava, el intervalo primario.

Bibliografía:

Monroe C. Beardsley y John Hospers (2007). Estética. Historia y fundamentos. Cátedra, Madrid.

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