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Política y moral

Publicado por Ruben Avila

En muchas ocasiones habremos escuchado, e incluso alguno habrá asegurado, esa frase tan manida de “yo soy apolítico”. El formulante tiene la impresión de que la política es algo que no le atañe o, en cualquier caso, no le interesa, que él prefiere ocuparse de temas más interesantes o que realmente le incumban. Algo parecido sucede cuando hablamos de amoralidad o de que una persona es inmoral. En ambos casos existe un error de base, que vamos a intentar mostrar.

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Somos seres morales

Empecemos por la última aseveración, quizás menos dañina que la primera. Decir de alguien que es inmoral, aunque lo que queramos expresar es que sus actos son reprobables desde un punto de vista ética, da la impresión de que existe la posibilidad de que una persona se salga del ámbito de lo moral, que existe algo más allá. Sin embargo, nada más lejos de la realidad: todos los actos humanos son morales, tienen una carga moral que no podemos evitar.

Así que tendríamos que hablar de moralmente reprobable o cualquier otra fórmula que evidencie que los actos de una persona son siempre morales, sólo que desde un punto de vista ético, es decir, atendiendo a una serie de reglas morales, podemos asegurar que son incorrectos.

Somos seres políticos

El filósofo conservador Michael Oakeshott definía la política en su Racionalism in politics como «la actividad de atender los acuerdos generales de un grupo de gente a los que el azar o la elección han reunido juntos», particularmente definidos como Estados (lo que el pensador inglés llama «grupos hereditarios cooperativos»).

Somos en sociedad, formamos parte de esos grupos hereditarios cooperativos, realmente, sin opción de elección. Quizás, en ciertos casos, exista la opción de cambiar de adscripción, de grupo cooperativo, pero siempre formaremos de una forma u otra (a través de la nacionalidad, de la sangre, etc.) a uno de esos Estados que pueblan el mundo. Al ser la política la actividad que se encarga de regular las relaciones, normas, etc., de dichos Estados, no hay opciones de quedarse ajeno a la política, que es el sentido que se le da al término “apolítico”. Nos impliquemos más o menos, la política nos afectará de manera implacable.

En el pasado existía la opción de convertirse en un ermitaño y aislarse del mundo, pero en la actualidad, existe la posibilidad de que el terreno donde hayas elegido vivir apartado, tenga algún dueño o termine siendo expropiado, recalificado, etc.

Diferente es considerarse apartidista, que supone no sentirse conforme con las personas o estamentos que se encargan (o pretenden hacerlo) de la gestión de los asuntos públicos. En este caso no existe ninguna incorrección conceptual, siempre y cuando se sea consciente de que tales asuntos públicos tienen que ser gestionados inexorablemente, ya que la no gestión de los mismos ya es gestionarlos. Sencillamente, sería una mala gestión.

Tal vez, si asumiéramos de que independientemente de nuestra implicación la política nos afectará irremediablemente, es decir, si nos diéramos cuenta de que por nuestra esencia no podemos ser apolíticos, los asuntos públicos serían mejor gestionados.

Imagen: salsipuedescrece.com.ar

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