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Opinión dominante

Publicado por Ruben Avila

Cuenta George Orwell en el prólogo para su libro Rebelión en la Granja que a pesar de tener la idea central cuajada ya por 1937, no terminó de publicarla hasta 1943. Sin embargo, la que ahora es una obra francamente conocida, se encontró en un principio con muchos problemas para ser editada ya que la temática que trataba imposibilitaba su edición. En palabras de uno de los editores que se negó a publicar la obra:

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Es decir, que la obra de Orwell no debía ser publicada porque se metía descaradamente con el régimen soviético, algo que en aquella época en la que los rusos y los ingleses eran aliados, no se podía permitir.

Por supuesto, a lo largo del prólogo, el escritor inglés ataca a la timorata intelectualidad británica que se niega a aceptar cualquier crítica a la URRSS, que precisamente es lo que es Rebelión en la Granja. Pero tampoco nos gustaría centrarnos en este caso concreto, aunque sea paradigmático y se útil como ejemplo.

A decir de Orwell, resulta que realmente no es la censura estatal lo que lleva a la gran mayoría a acatar con las mentiras, siempre y cuando sean a mayor gloria de Stalin y los suyos, sino la propia censura, la autocensura, la que hace ese trabajo sucio, la que impele a seguir al rebaño, a no contradecir la opinión dominante.

Por esta razón decíamos que no nos queríamos centrarnos en el caso concreto que Orwell nos presenta, aunque lo hayamos utilizado como ejemplo. Lo importante es lo que se colige de él, lo que sirve para nosotros.

Y es que todos sabemos de lo que estamos hablando. No es nada nuevo y está científicamente demostrado. Podemos recordar los estudios de Milgram que dejaban en evidencia nuestro espíritu borreguil —el de la especie humana en general—.

Por recordar tan sólo uno de ellos, aunque sus estudios darían para unos cuántos post: en una clase, ante varios alumnos, el profesor trazaba dos líneas perfectamente iguales, tras lo que preguntaba a los presentes cuál creían que era la mayor. Según iban contestando, todos aseguraban que la de la derecha (por ejemplo) era la mayor. Claro, todos, salvo uno, estaban compinchados. Sabían perfectamente que eran iguales pero se trataba de averiguar cuál sería lo que respondería el que no sabía nada. Os imagináis la respuesta, ¿verdad?

Efectivamente, en la mayoría de los casos, puesto que el experimento se realizó con diferentes personas, su respuesta coincidía con la de la mayoría, aunque fuera evidente que era errada. Aunque fuera evidente que la mayoría estaba claramente equivocada. O bien de primeras o bien tras la presión del grupo, se hacían coincidir las respuestas.

No nos gusta sentirnos apartados del grupo, rechazados por él, convertirnos en seres marginados y solitarios. Por eso nos autocensuramos, por eso admitimos la mentira cuando es la opinión dominante.

Imagen: nosologeeks.es

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