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Superstición y fanatismo

Publicado por Ruben Avila

Aseguraba Hume que la debilidad, el miedo, la ignorancia y la melancolía son las fuentes de la superstición. El ser débiles no nos permite afrontar la verdad, por muy dura que sea ésta, lo que nos lleva a zafarnos, a buscar recovecos, falsos atajos y todo lo que se nos ocurra para sentirnos seguros. Aunque, curiosamente, todo lo anterior nos lleve a tener principalmente miedo. Y es éste, sin ninguna base racional, fruto de nuestra debilidad, el que nos mueve a escondernos bajo los faldones de lo que creemos que nos puede cobijar. Así que no salimos fuera a buscar, a intentar entender el mundo, por lo que nos convertimos en seres ignorantes. Finalmente, nos vemos obligado a imaginar un mundo, donde no sentiríamos miedo, donde podríamos evadirnos de nuestra debilidad… Un mundo que anhelaremos, aunque no exista, lo que nos convertirá en seres melancólicos.

superstición y fanatismo

Realmente, el pensador escocés no desgranó sus propuesta, a la manera que lo he hecho yo, pero eso no es óbice para que lo anterior nos sea útil para comprender lo que él quiso decir y, de paso, estirar un poco sus palabras para acercar el ascua a nuestra sardina.

Es decir, si somos supersticiosos es porque somos miedosos, ignorantes, débiles y melancólicos. Y aunque según la primera acepción del DRAE, superstición es una:

Nosotros nos quedamos solamente con la segunda parte. Una creencia contraria a la razón debe ser considerada supersticiosa.

También aseguraba Hume que el orgullo, la presunción, “una imaginación calenturienta” y la esperanza son las fuentes —las verdaderas fuentes— del fanatismo. Si nos creemos poseedores de la verdad (quizás los únicos poseedores); si nos orgullecemos de esa posición que nos eleva sobre los demás mortales, puesto que nosotros, a diferencia de ellos, conocemos la verdad absoluta; si consideramos que tal conocimiento nos tiene que reportar beneficios, es decir, tenemos la esperanza de obtenerlos; y somos capaces de imaginarnos todos esos beneficios supuestos, entraremos directamente a la autopista del fanatismo.

Añadir que, al igual que sucedía con la superstición, el filósofo galés aquí tampoco desgrana las fuentes. También ha sido una iniciativa propia, por una cuestión expositiva.

Ciertamente, tanto la superstición como el fanatismo parecen las dos caras de la misma moneda. Son los excesos de uno los que, dados la vuelta, definen a la otra. Lo que en una es debilidad y miedo, en el otro es orgullo y presunción.

Sin embargo, sí que tienen un punto en común, que Hume parece obviar (y de paso también lo hace el DRAE). Resulta que tanto la superstición como el fanatismo se defienden con ahínco. Son igual de difíciles de extirpar del individuo que las posee. Desde posiciones diferentes y con actitudes diversas, puede ser, pero tanto la persona supersticiosa como la fanática mantienen que tienen verdad. Y lo pueden mantener con aspavientos —como seguramente hará la fanática— o con cerrazón, obviando el debate, escapando de lo que contradice lo que ella asegura, como es probable que actúe la supersticiosa—.

Imagen: blogdeloles2.blogspot.com.es

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