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La discrepancia

Publicado por Ruben Avila

¿Quién no ha discutido alguna vez por el mero hecho de hacerlo? ¿O sabiendo que no teníamos razón? Por pura cabezonería, por no querer el brazo a torcer, por tocar las narices a nuestro interlocutor o sencillamente porque teníamos un mal día y queríamos desfogarnos. Y es que poder discutir es uno de los grandes avances del ser humano y de nuestra civilización.

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Lo es, primero, porque significa que tenemos capacidad para dar razones, para escucharlas, argumentar y contra-argumentar. Es cierto que, por lo menos en los casos expuestos en el párrafo anterior, tales capacidades son retorcidas, hasta el punto de convertirse en una forma de pegarse con la voz. Pero, aun y todo, es una muestra de nuestra facultad argumentativa.

Pero también lo es porque supone que podemos hacerlo, en el sentido de que tenemos la libertad para ello. Una sociedad en la que se puede discutir, es una sociedad bastante más sana, por principio, que una en la que esté prohibido hacerlo.

En este sentido, Stuart Mill, el hijo de James Mill —fundador del utilitarismo— y uno de los grandes pensadores de la historia de la humanidad, pensaba que la disputa era necesaria para mantener una sociedad alerta. Según él, era mejor una mentira disidente que la verdad uniforme. Si las personas nos acostumbramos a asentir con la cabeza, porque entendemos que se ha llegado al descubrimiento de la verdad y toda la verdad, perderemos esa capacidad argumentativa tan valiosa, hasta el punto de empobrecernos y abotagarnos. De ahí que Mill prefiriera la presencia de la mentira, aunque solamente fuera para poder refutarla.

Naturalmente, ser un gran pensador no es un argumento válido para la defensa de un planteamiento, no nos gustan los argumentos ad hominem, y no cabe duda de que la tesis milliana es bastante extrema. La disidencia, la diversidad, per se, no es buena. A todos se nos puede venir a la cabeza, a nada que lo pensemos, cosas, acciones, personas, hechos, accidentes… que por el mero hecho de ser diferentes no son buenos, más bien al contrario.

Es decir, nos conviene la diversidad, y convivir con ella, pero no cualquier tipo de diversidad.

En cualquier caso, ese ataque de Mill a la uniformidad de pensamiento es importante tenerlo en cuenta. Si lo diverso no tiene porqué ser bueno por el hecho de ser diverso, tampoco lo es lo uniforme. Y aunque sea cierto que en cuestiones morales la uniformidad puede ser resultar positiva —que estar en contra de la esclavitud sea una opinión unánime parece francamente positivo— en otras, como las estéticas, por ejemplo, no lo es tanto.

Y, en cualquier caso, lo que sí parece útil es la discrepancia, sobre todo una discrepancia con razones. Pero no por el hecho de ser discrepante sino por el hecho de tener razones para discrepar. Son estas razones que se exponen y entran en el campo de batalla para vencer y ser derrotadas las que consignan el valor a la discrepancia. Es esta facultad del ser humano, como aseguraba Popper, de que nuestros pensamientos y opiniones mueran por nosotros lo que debemos explotar para hacer de nuestra sociedad una sociedad mejor y de nosotros mismos mejores personas.

Imagen: blocjoanpi.blogspot.com.es

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