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El yo o los yoes

Publicado por Ruben Avila


Imaginaos una habitación llena de espejos, como aquella del final de Misterioso asesinato en Manhattan y de la película a la que homenajea, La dama de Shangai. Imaginaos entrar en esa sala con cientos de espejos. Vais paseando entre ellos y os vais reflejando en cada uno. Algunos os hacen más pequeños, otros más grandes, aquéllos esbeltos y éstos gordos, los de más allá os convierten en gigantes, los de más acá en seres diminutos, y así hasta casi el infinito. Por su disposición en ocasiones os reflejáis en varios a la vez, de suerte que sois a la vez gigantes y pequeños, gordos y delgados, todo a la vez y ninguno en particular.

el yo o los yoes

Semejante habitación, que en un primer momento podría resultar graciosa, terminaría por desorientaros. Visiones tan diferentes y a la vez tan parecidas de vosotros mismos se pueden aguantar durante un tiempo… pero ya está. Al final, necesitamos volver a nuestro ser, sentirnos de una manera concreta, sin juegos de espejitos. Sin embargo, quizás resulte que el juego es considerarnos como un ser unívoco, como un yo.

A lo largo de la historia del pensamiento ha habido varios pensadores que han negado la existencia del yo, o cuando menos que la han visto con recelo. Uno de los más famosos sin duda alguna fue David Hume, pero no fue el único. Y si nos vamos oriente y analizamos lo que plantean religiones como el budismo, también descubrimos una negación de esa extraña figura que es el yo.

De todas formas, lo que plantea el ejemplo de la habitación de espejos no es su negación, sino su multiplicación. No es que no exista sino que es múltiple. Todas las cosas que hacemos a lo largo de nuestra vida, todos los acontecimientos que nos atraviesan, conforman una suerte de múltiples yoes que inútilmente tratamos de aunar en uno sólo.

Si analizamos nuestro comportamiento probablemente el yo familiar mire con extrañeza al yo del trabajo, que a su vez no congeniaría muy bien si tuviera que pasar una tarde con el yo amigo, y así sucesivamente.

Por supuesto, vernos de esta forma supone estar a un paso de caer en la esquizofrenia, de dislocar de manera definitiva a cada uno de los yoes que somos hasta el punto de independizarse, de actuar a espaldas de los otros, incluso de tratar de asesinarlos. Estos, claro, son los considerados locos, los esquizofrénicos. Aunque resulta tentador considerarlos como los únicos cuerdos, como los únicos capaces de atreverse de ser en todo su esplendor.

¿Qué somos, entonces? ¿Puedo decir sin equivocarme que “yo soy”? ¿O es mejor que dijera “yo somos”? ¿Sí soy uno y múltiple hasta qué punto me es lícito hacer uso de la primera persona del singular? ¿No es acaso una ficción, como otras tantas, de la que echamos mano para seguir viviendo, para seguir pudiendo transitar el mundo, ese mundo extraño y ajeno que nos acosa hasta obligarnos a ficcionar sobre nosotros mismos, sobre lo más íntimo que tenemos, sobre lo más íntimo que somos?

Imagen: gerardcastelloduran.com

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