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La compasión

Publicado por Ruben Avila

Es probable que la compasión sea una de las virtudes más desacreditadas, sino la que más. Principalmente por una conclusión errónea de porqué actuamos los seres humanos. Sin olvidar, por supuesto, la estructura especial de la compasión que nos lleva a prejuicios y malentendidos a la hora de analizarla.

Resulta que cuando hablamos de compasión, consideramos solamente cierta clase de sentimiento, que surge ante la desgracia ajena, pensando que tiene cierto halo religioso, y que, en cualquier caso, debe ser eliminado o atenuado si queremos actuar racionalmente. Incluso si queremos ser justos. Además, se entiende que la persona compadecida es considerada inferior por la que le compadece, con lo que por ese motivo también tiende a ser desechada. Pero, en realidad, podemos entender la compasión desde otro punto de vista, mucho más amable.

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En primer lugar, la compasión solamente surge entre los iguales. Una persona se compadecerá de otra, o de otro animal (da lo mismo), siempre y cuando sienta una cierta ligazón con la compadecida. No olvidemos que el acto de compadecer supone una traslación, a través de la imaginación, del mal que sufre el otro en nuestro yo. Nos con-padecemos, es decir, sufrimos con él, porque entendemos que el mal también puede ser sufrido por nosotros. Nos sentimos unidos por el daño sufrido, sino por ese en concreto, sí por ese mal abstracto que es la muerte. Porque somos mortales somos compasivos. De lo contrario actuaríamos como los seres inmortales del cuento de Borges, que podían ver colgado de un precipicio durante siglos a un semejante, que no importaba, porque, sencillamente, eran inmortales.

Así que al contrario de situarnos por encima del compadecido, la compasión nos sitúa junto a él. Sentimos con él lo que padece y en este sentido es un sentimiento que nos socializa. Buscamos al otro entre otras cosas porque somos seres compasivos.

Pero es cierto que una compasión solamente sentida, que no lleve a la acción, que no lleve a la benevolencia y de ésta a la beneficencia, se puede quedar en poco más que en una pasión morbosa por los males ajenos.

Pero la compasión como virtud, que conmina al compadecedor desear acabar con ese daño ajeno que le hace sentirse mal, pero que también lo hace porque considera a ese otro como un igual, le otorga dignidad y por eso padece con él… Esta clase de compasión, decimos, es mucho más que un mero sentimiento morboso.

La racionalización necesaria para pasar de la pasión a la virtud, es lo que permite a la compasión ser uno de los ejes de nuestro deber social.

Como ya hemos dicho otras veces, los seres humanos no nos movemos exclusivamente por el egoísmo, en ninguno de nuestros campos de acción, aunque se haya pretendido presentarnos como homo economicus, aunque desde varias teorías políticas se haya querido establecer lo racional dentro del ámbito del puro cálculo egoísta. Somos más que eso y la compasión, como virtud, forma parte de lo que somos y de lo que nos conviene cultivar como especie

Imagen: proyectopv.org

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