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Historia de la estética (VII): Santo Tomás de Aquino

Publicado por Esteban Galisteo Gámez

Santo Tomás de Aquino, también conocido por sus motes eclesiásticos: «Doctor Universalis», «Doctor Angelicus» o «Doctor Común» es considerado como el filósofo más importante de toda la Edad Media. Fue autor de una obra bastante extensa, en algunos de cuyos pasajes puede rastrearse la doctrina tomista acerca de la belleza. Lo que el aquinate dijo en estos pasajes es lo que se expondrá en este capítulo de nuestra historia de la estética.

Los trascendentales: la bondad y la belleza

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Caricatura de Santo Tomás de Aquino

Muchas veces, al hablar, hacemos lo siguiente: nombramos un objeto y predicamos de él una propiedad. Por ejemplo, decimos algo como (1)

(1) Esteban tiene los ojos azules.

Pues bien, los llamados trascendentales son como esto pero más todavía. Es decir, son propiedades del ser, pero están más allá que los predicados como «tener los ojos azules». Estar más allá no es una localización espacial, sino una forma arcaica de decir que se mueven en el plano del ser en cuanto tal, es decir, que son propiedades del ser en el grado grado máximo de su generalidad y no de un ente particular. En fin, la metafísica antigua, medieval y la de Heidegger tienen eso, que son inexplicables porque nadie las entiende.

Santo Tomás de Aquino, siguiendo la moda de identificar trascendentales a la que casi todos los filósofos medievales se montaban, identificó las siguientes propiedades trascendentales: algo (aliquid), bueno (bonum), cosa (res), ente (ens), uno (unum) y verdadero (verum). Bonita lista la de Santo Tomás, pero ¿qué hay de la belleza? Pues que es una parte de lo bueno, es decir, lo bueno se divide, entre otros, en lo agradable y lo bello es lo que agrada a los sentidos, sobre todo a la vista. De este modo, para Santo Tomás la belleza viene a ser un tipo de conocimiento, en el sentido de que depende de la forma de los objetos y en el que la forma se entiende como lo que hace que los objetos sean lo que son. Por otra parte, la noción general de conocimiento que maneja el aquinate viene a estipular que conocer un objeto es una abstracción mental de la forma de este.

Las condiciones de la belleza

Santo Tomás de aquino pensaba que había tres condiciones de la belleza, las cuales enumeraremos a continuación:

1. Integritas sive perfectio («integridad o perfección»): un jarrón nuevo es bonito, un jarrón viejo y roto es feo.

2. Debita proportio sive consonantia («debida proporción o armonía»): un jarrón de 800 metros de altura es feo, porque sale de mi campo visual, no está proporcionado con mi percepción. Un jarrón de 40 centímetros es bonito en la medida en que entra dentro de mi campo visual, está proporcionado a este. Igualmente, si el jarrón tiene el aspecto de un churro es feo, porque sus partes no son consonantes, si tiene una forma cuyas partes y curvas están en consonancia entre sí, entonces el jarrón es bello o, dicho más coloquialmente, bonito.

3. Claritas («luminosidad, claridad o brillantez»): un jarrón que gracias a la proporcionalidad de sus partes y sus formas, parece evidentemente un jarrón, es bello o bonito. Si confundimos un jarrón con una vía de tren, entonces es feo. Esto es así porque Santo Tomás, al igual que otros filósofos medievales, tenía un ramalazo neoplatónico, lo cual le hace pensar que la claridad es el «resplandor de la forma», el cual «se difunde por las partes proporcionadas de la materia».

Aunque estas tres condiciones se establecen de forma unívoca, lo cierto es que la belleza tiene una pluralidad de sentidos (es una noción analógica) que varían en función de a qué se aplique este concepto.

Bibliografía:

Monroe C. Beardsley y John Hospers (2007). Estética. Historia y fundamentos. Cátedra, Madrid.

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