Filosofía

Arte y alma

Publicado por Ruben Avila

Asegurábamos en uno de nuestros últimos artículos que Sócrates había planteado la idea de que había un arte imitativo y representativo, lo que ahora conocemos como bellas artes. Así, mientras el herrero o el zapatero fabricaban objetos que no existían en la naturaleza, el pintor y el escultor lo que hacían era imitar los objetos naturales. Esta es una de las principales tesis socráticas, respecto al arte, pero no es la única. Hoy hablaremos de otras dos tesis, que se coligen de la anterior.

Doriforo

El arte idealiza

Ya hemos establecido que hay un tipo de arte representativo, que imita lo que existe en la naturaleza pero, a decir verdad, no lo hace de manera fidedigna. En la Antigua Grecia se trataba de pintar o esculpir, por ejemplo, los cuerpos hermosos, pero como es imposible encontrar a una persona que posea todos los rasgos que en una determinada época son considerados bellos, lo que hacían los artistas era reunir las partes bellas de diferentes personas, reuniéndolo todo en un mismo cuerpo. Es decir, lo que hace el artista es idealizar lo que ve, lo que existe, lo que encuentra en la naturaleza.

Podemos comprobar que esta tesis complementa la anterior, la representativa, de manera que se produce una simbiosis perfecta.

Pero, esta concepción del arte no sólo era admitida por los filósofos, es decir, en teoría; también era asumida por los artistas, es decir, en la práctica. Así, en los diálogos entre el pintor Parrasio y Sócrates, que nos han llegado de la mano de la Jenofonte, el pintor admite que, efectivamente, así es como trabajan.
Para sostener esta tesis, asumida por muchos pensadores, era habitual referir una anécdota del pintor Zeuxis, que para pintar el retrato de Helena, que colgaría en el templo de Hera de Crotona, escogió a 5 mujeres diferentes como modelos. De cada una, como es evidente, pintó la parte más bella.

El arte y el alma

La tercera tesis socrática referente a la estética, especialmente dedicada a la escultura, establece que el arte no sólo representa el cuerpo, también plasma el alma. Así, por ejemplo, los ojos de una escultura pueden expresar tristeza o melancolía, la cara altivez o alegría, etc. Es decir, que de alguna manera aprehende no sólo los rasgos físicos de la persona esculpida, también su espíritu. O, por lo menos, dirá Sócrates, puede hacerlo.

Esta concepción, podemos concluir, contiene de alguna forma la idea de la belleza espiritual, contraria a la belleza exclusivamente formal que defendían, por ejemplo, los pitagóricos.

Para estos últimos era una proporción determinada la que definía, u otorgaba, la belleza de un objeto. Sin embargo, según las palabras de Sócrates, la belleza también era influida por la expresión del alma.

La diferencia fundamental entre ambas concepciones, es que mientras los pitagóricos buscaban la belleza en el cosmos, Sócrates la relacionaba más con el ser humano, de ahí que este hablase de alma, mientras los primeros no hacían mención alguna.

Finalmente, la tesis socrática se terminaría imponiendo, y ambos conceptos, forma y alma, belleza formal y espiritual, se afirmarían por igual.

Imagen: quhist.com

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