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La Templanza

Publicado por Malena

En sus escritos, Séneca le habla a Anneo Sereno sobre la serenidad del alma y su relación con la templanza.

Examinaba su propia alma y podía ver sus vicios con nitidez, algunos muy oscuros y otros que aparecían de vez en cuando, asaltándolo sólo en ocasiones sin poder prevenirlos.

Estos vicios le molestaban, eran sus enemigos y lo llenaban de culpas que odiaba y temía.

Séneca y la templanza

Pretendía ser virtuoso pero se daba cuenta que ser virtuoso era duro y que la virtud no se fortalecía ni se arraigaba con el paso del tiempo, que era un trabajo de todos los días.

Su alma se debatía entre los extremos pero no se entregaba ni a lo bueno ni a lo malo.

Séneca amaba a la templanza, le agradaba la moderación en todo, en el vestir, en el comer, en el vivir. Le complacía lo que era corriente, no lo extravagante, sin embargo lo deslumbraba y desconcertaba el lujo de algunas residencias, que tenían un ejército de sirvientes, alfombras mullidas y riquezas por todos los rincones, los banquetes con mesas repletas de sabrosos manjares concurridos por amigos que aprovechaban la hospitalidad de sus dueños; y todo eso a él, que provenía de un mundo caracterizado por la frugalidad, lo hacía dudar de su condición.

Reconocía que todo ese lujo desmesurado lo perturbaba, pero prefería seguir los preceptos de sus maestros y prestarle atención a los problemas del pueblo.

Los honores lo halagaban porque lo hacían estar más dispuesto a ayudar a sus familiares, amigos, a los demás ciudadanos y a la humanidad toda.

Séneca seguía a Zenon, Cleantes y Crisipo, que nunca estuvieron en asuntos públicos y jamás abandonaron a sus discípulos.

Su espíritu disfrutaba viviendo entre las cuatro paredes de su casa a la que regresaba apurado tal como hace el ganado cansado que también se apura para volver al corral.

En cuanto al estudio, creía que lo mejor es prestar atención a la sustancia de las cosas aceptándolas como son, sin adornarlas para destacarse y alimentar la vanidad.

Que era bueno escribir alguna pequeña obra para estar ocupado, sin ánimo de ostentar, porque cuando el pensamiento se eleva se vuelve altiva la forma de hablar y ya no se habla por si mismo sino por boca de otro.

La búsqueda de Séneca era el deseo de tener una mente sana y vencer el temor de volver a caer en los vicios que tiene cada uno.

Se sentía como el que ha estado enfermo y todavía sufre secuelas de su enfermedad, que cuando logra superar esas pequeñas molestias, se perturba con aprehensiones y cuando se cura concurre al médico porque sospecha que está enfermo; pero no es que estén enfermos, sino que no pueden acostumbrarse a estar sanos.

Para Séneca, el mejor remedio es la confianza en uno mismo y caminar en línea recta sin desviarse del camino.

Esta estabilidad del alma, que significa no alterarse, Séneca la llamaba tranquilidad.

Para mantenerse tranquilo hay que conocer los propios vicios y el descontento con uno mismo siempre será mejor que lo que sienten aquellos que son esclavos de una profesión brillante y tienen brillantes títulos y que sin tener voluntad mantienen una vida falsa y no se conocen.

Todos pueden transitar este camino, los débiles de carácter, los aburridos, los inestables que cambian de propósito en forma constante, los que andan de un lado a otro, los que no quieren cambiar y que viven por inercia y todos aquellos que no viven como desean.

Estos vicios provocan descontento con uno mismo y hacen surgir la destemplanza del ánimo y la cobardía de no ser capaz de cumplir con ellos mismos.

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