Logocentrismo
En un artículo anterior, de la semana pasada, que dedicamos a analizar el programa deconstruccionista de Jaques Derrida, hacíamos referencia a dos conceptos que en aquél momento definimos de pasada. Teniendo en cuenta la importancia que tienen ambos en la crítica que hace Derrida a la metafísica, debemos de darle el espacio que merecen (o por lo menos más del que les hemos reservado hasta ahora). Nos referimos al presencialismo y al logocentrismo.
Presencialismo
Según la tesis presencialista somos capaces de representarnos naturalmente, mediante el pensamiento pensamiento, las cosas. Y aquí pensamiento y razón son sinónimos, así que podemos intercambiar los términos. Las cosas están presentes, ahora, en nuestra mente. Lo que nos representamos, las representaciones que llevamos a cabo respecto a aquello que nos rodea, con lo que convivimos, que percibimos a través de los sentidos el presencialismo las entiende como verdaderas. Las considera como las cosas en sí mismas. No hay diferencia entre la representación y la cosa en sí.
Logocentrismo
Derrida también considera que la tradición filosófica ha postulado la doctrina por la que se consideran a la razón y al pensamiento como naturales, de la misma forma que lo son aquello que percibimos diariamente. Es a esta teoría lo que el filósofo francés considera logocentrismo: « [aquella que] concibe al ser como una identidad y una presencia originaria reductible a su expresión lingüística, como si mediante la palabra “se diera” de forma inmediata, otorgando de esta manera a la palabra una forma privilegiada de conocimiento».
Pero según el planteamiento de Derrida, el logocentrismo va más alla, al plantear además de «que la presencia del pensamiento irrumpe necesariamente en la palabra», que el propio pensamiento contiene tanto la presencia del sentido como de la presencia de la verdad. Es un continente de contenidos. Por la misma razón, considera como logocéntricas todas las teorías que se basan o establecen en “una referencia extrínseca o trascendente”. Un ejemplo paradigmático de lo anterior lo encontramos en la noción metafísica de verdad.
Logocentrismo vs estructuralismo
La filosofía occidental ha establecido que «el lenguaje está subordinado a unas intenciones, ideas o referentes que son irreductiblemente extrínsecos o exteriores al propio lenguaje», lo que es contrario al estructuralismo, que considera al lenguaje como productor de sentido, con lo existe una imposibilidad manifiesta de que sea su predecesor.
Para el logocentrismo el signo es el encargado de unificar significante y significado, con lo que se da por hecho que existen dos realidades diferentes, significante y significado.
Para Derrida esta corriente de pensamiento, no tiene en la consideración que se merece a la escritura, al establecer que es la palabra, y sólo ella, la manifestación pura e inmediata, dotándole de un aura casi mágica, que acerca a la palabra con el espíritu, junto a la idea que hemos mencionado de que el pensamiento o la razón refleja de forma natural el mundo. De ahí que el logocentrismo suponga el poder de la palabra para suministrarnos una vía directa hacia la realidad.
Finalmente, lo que Derrida pretende demostrar con su programa deconstruccionista, es la no existencia de significante alguno que pueda administrar de manera absoluta la presencia de significado. Es en este punto donde entran en juego los conceptos de diferencia (différance) y ausencia.
Imagen: silasborgesmonteiro.wordpress.com