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El Hombre Feliz para Bertrand Russell

Publicado por Malena

Bertrand Russell nos habla en su libro “La conquista de la Felicidad” de lo poco felices que eran sus amigos escritores; sin embargo, a lo largo de su vida, pudo conocer gente realmente feliz.

De niño conoció a un hombre totalmente feliz que era pocero, o sea que se ocupaba de hacer pozos. No sabía leer ni escribir y recién se enteró que existía el Parlamente cuando en 1885 tuvo que votar en unas elecciones para diputados.

El hombre feliz para Bertrand Russell

Su felicidad se basaba en su fuerza física, la capacidad para desarrollar su trabajo y lograr vencer los obstáculos.

La felicidad de su jardinero era de la misma clase, tenía más de setenta años, trabajaba todo el día y recorría en bicicleta 16 millas, dos veces, ida y vuelta desde su casa, para ir y volver de su trabajo; pero su alegría no se agotaba.

Su tarea diaria era combatir a los conejos y para él esa era una tarea placentera e interminable.

Ocurre que para el que se subestima, su éxito le agrada y le asombra; mientras que para el que se sobreestima, su fracaso no le agrada y también siempre lo sorprende; y lo prudente parece ser, no ser ni demasiado orgulloso ni demasiado modesto en los proyectos.

Entre la gente más cultivada, los que son más felices son los científicos, porque son sencillos emocionalmente y se satisfacen con su trabajo; y hasta pueden ser capaces de ser felices con sus familias. En tanto que los artistas y escritores, sienten que están obligados a fracasar en su matrimonio, debido a la complejidad de sus emociones.

El hombre de ciencia consigue resultados que todos celebran aunque la mayoría no entienda su trabajo, a diferencia de los artistas cuyas obras no siempre son comprendidas.

En general, las personas más inteligentes de occidente son infelices porque no pueden aplicar sus aptitudes y conocimientos.

En China y Rusia, la gente inteligente, tal vez sea más feliz, porque tiene un nuevo mundo para crear y más fe en el futuro, aunque tengan menos probabilidades de ganar dinero, porque al no ser ni pobres ni ricos pueden ser revolucionarios o reformadores, pero no cínicos como lo son en occidente, que lleva al pobre a pensar que la vida no vale la pena y al que logra obtener confort, sólo le sirve para soportar mejor la misma idea.

El placer de trabajar es posible para todo el que quiera desarrollar su especial aptitud, siempre que no necesite que lo aplaudan.

Con la aparición de las máquinas que reemplazan al hombre en las tareas tediosas y monótonas, el hombre puede reservarse los trabajos más variados que exigen mayor iniciativa y creatividad.

La agricultura fue una etapa de aburrimiento y monotonía para el hombre; mucho más estimulante fue la época de los cazadores. Hoy en día la gente rica se dedica a este deporte para divertirse.

Lo cierto es que para los que consiguen interesarse en algo para ocupar sus horas de ocio, su tarea es el mejor antídoto contra la idea de que la vida no tiene sentido.

Todo placer que no perjudique a otro tiene valor porque aunque sean emociones sencillas producen alegría, como la que recibe un aficionado a un deporte cuando gana su equipo.

Los caprichos y las manías, en la mayoría de los casos, no dan felicidad, porque es una forma de huir de la realidad para no enfrentar los contratiempos difíciles.

La felicidad fundamental depende esencialmente del interés por la amistad de las personas y en las cosas.

El interés amistoso no significa cariño posesivo, porque trae desgracia, sino que quiere decir encontrar placer en los rasgos individuales de las personas y en el deseo de ayudarles en sus intereses, sin esperar su admiración ni influir en ellas, y sin hacer sacrificios ni actuar movidos por el sentido del deber.

El sentido del deber es útil para el trabajo pero para las relaciones personales es ofensivo, porque la gente quiere que la quieran, no que la ayuden por obligación.

El querer a mucha gente espontáneamente y sin esfuerzo puede ser la mayor fuente de felicidad personal.

Fuente: «Bertrand Russell», Vida Pensamiento y Obra, Colección Grandes Pensadores, Editorial Planeta DeAgostini, 2007.

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