Filosofía

El odio

Publicado por Ruben Avila

El odio es un sentimiento común entre los seres humanos. Es probable que el resto de animales no coincidan con nosotros. Personalmente, no veo una mosca odiando a aquella mano que de un manotazo ha tratado de matarla, que tal vez le ha dejado medio inconsciente y que se acerca presta a acabar con su vida. Ni creo que en la gacela que trata de huir zigzagueando del guepardo que está apunto de atraparla nazca un sentimiento parecido al odio. Huye porque siente que está en peligro, ya está. Si logra zafarse, respirará aliviada pero ya está, no odiará a todos los guepardos, ni siquiera a aquél que trató de matarle para comérselo.

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Sin embargo, los humanos, y sobre todo entre miembros de la misma especie, sí que sienten odio. Un sentimiento que se define de una manera sencilla, muy sencilla: «Antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea».
Así que no sólo hay que sentir aversión respecto a algo o alguien, no es suficiente con el disgusto. También, hay que desear su mal. Ya sea el gran mal, su muerte; u otros pequeños males o contratiempos. Claro, la intensidad no siempre es la misma, por eso variará el daño deseado.

Pero lo que siempre, siempre, tiene que estar presente es esa querencia porque el ser odiado sufra, padezca. Tal vez lo queramos así porque él nos hizo sufrir antes; quizás sea sencillamente por envidia; pero, sea como sea, querremos verle caer, querremos ver cómo es humillado o despreciado o… o incluso apaleado.

También es habitual que ocurra que odiemos a una entidad, como un partido político o un equipo de fútbol, que queramos que pierda las elecciones, que baje de categoría o simplemente que desaparezca. En este caso puede incluso que no sintamos demasiada aversión por las personas, de manera individual, que componen el colectivo odiado. Pero, aun así, desearemos el mal, puede que todo el mal posible, al conjunto.

Las disonancias cognitivas

Pero, ¿qué sucede con esa persona o institución odiada nos ayuda? ¿Qué pasa si entramos a trabajar en ese horrendo partido político, nuestra única opción tras meses en el dique seco? ¿O si ese gilipollas integral nos salva la vida? Entonces, ¿les seguiremos odiando?

La respuesta más probable es que no. Y lo es por aquello que se conoce como disonancias cognitivas. Resulta que no estamos preparados para afrontar que el mal absoluto pueda participar del bien. Si colaboramos con nuestro enemigo, dejaremos de pensar que es tan malo. Si comenzamos a trabajar para ese partido político al que nunca votaríamos, empezaremos a comprender que no era tan malo como pensábamos, que dentro hay gente decente con la que se puede hablar y convivir.

En realidad, importa poco que esta segunda percepción se acerque más a la realidad que la anterior. E importa poco porque el cambio no radica en un acercamiento de la verdad, sino en la imposibilidad de hacer frente a las disonancias cognitivas. ¿Cómo aceptar que estamos colaborando con el mal? ¿Cómo aceptar que ayudamos al diablo en persona? No, tendremos que suponer, por nuestra tranquilidad, que estábamos equivocados. En realidad, no eran tan malos…

Imagen: librodearena.com

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