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El Duelo o el Muerto Vivo

Publicado por Malena

La pérdida de una persona querida nos pone frente al eterno dilema del sentido de la vida, principalmente cuando el desaparecido es joven o incluso es un niño.

Algunos creyentes, en estos momentos difíciles culpan a Dios por sus desventuras y no pueden aceptar la muerte de alguien significativo en sus vidas.

Dios no tiene nada que ver en esto, porque la vida la hacemos nosotros día a día, ejerciendo nuestro libre albedrío y tomando nuestras propias decisiones, pero sí la fe en Él puede ayudarnos a empezar de nuevo.

el duelo o el muerto vivo

¿Quién no ha sufrido, al promediar su vida y también antes, la pérdida de un ser querido?

Es la experiencia que hace que la mayoría se cuestione la fe y al mismo tiempo se sienta amenazada por el miedo a ser la próxima víctima, cuando la razón de las cosas está por encima de su entendimiento.

El hecho es que estamos en esta vida para vivirla pero también para abandonarla en cualquier momento. Son las reglas de juego y de nada sirve resistirse o negarse, porque no existe otro remedio más que aceptar la realidad y entregarse.

Es difícil elaborar una pérdida e integrarla a la personalidad normalmente, principalmente cuando ha quedado alguna hostilidad pendiente o no resuelta, de manera que reconciliarse antes de la partida definitiva de alguien amado y también odiado, evita duelos prolongados que no permitirán enterrarlo.

Los duelos de personas cercanas nos desestructuran, porque hay que aprender a vivir de otra manera, sin ellas, superar el dolor de la pérdida, aceptar su ausencia para siempre y poder seguir amando esta vida incluso con sus pesares.

Nuestra mente posee los recursos para superar los duelos, pero exige transitar por un proceso. Primero aparece la negación, después la bronca, luego la racionalización; a ésta le sigue la depresión y finalmente llega la aceptación como el bálsamo que permite recuperar el equilibrio.

Este proceso es arduo y exige un replanteo existencial que es más profundo cuanto más grande haya sido el significado que el difunto tuvo para el deudo.

La realidad arrebata al ser querido, a quien se estaba unido por laxos afectivos, pero en la mente, el ausente sigue tan vivo como antes, o más real aún, rodeado por un halo que modifica su figura y le otorga un mayor status, porque la muerte tiene esa paradoja, vivifica a los muertos y tiene el poder de enaltecerlos.

Queda entonces al que lo llora, la posibilidad de permanecer fiel a ese recuerdo que se empeña en mantenerse vivo y convertirse en un muerto él también en vida, o aceptar el hecho inevitable de la muerte y seguir viviendo, entregado a la vida y recuperando el ánimo.

Si esto no se logra, se evita el dolor, pero no se puede enterrar al muerto que sigue vivo en la mente. Entonces se alucina con él hasta llegar a convertirse en un delirio, porque se desea creer que sólo se ha ido transitoriamente pero que va a volver, razonamiento propio de un desequilibrio psíquico similar a la locura.

Pero para enfrentar un acontecimiento trágico de esta forma irreal, hay que contar con la predisposición a derrumbarse frente a los embates de la vida.

En general les ocurre a personas con estructuras de personalidad débil e inestable, que no tienen la resistencia y el temple necesarios como para soportar un golpe.

La cuestión para este tipo de personalidad es no sufrir, no estar dispuesto a vivir el dolor; aunque vivir el dolor sea lo único que lo salve de la alienación y la locura; porque el dolor es el que permite realizar el proceso normal de un duelo para llegar a aceptarlo.

Es la única manera de no quedar pegado al muerto y poder seguir viviendo la propia vida, sin negar la realidad y asimilando la pérdida.

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