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Moralildad

Publicado por Ruben Avila

Cuando nos encontramos con algún vecino en el rellano del edificio o en el ascensor, y nos saludamos mutuamente, existe un vacío infinito que no podemos recorrer, el de su padecimiento, que no lo podemos tornar en el nuestro propio, para sufrir en lugar de él, hasta la muerte. El sufrimiento de una persona es inaprensible para toda aquella que no sea la persona misma que sufre. Lo que ocurre para cualquier padecimiento, independientemente del mal que lo cause.

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Pero aunque el otro, representado por mí, por ti, por nosotros, ya sea con rostro o sin él, sea incapaz de situarse plenamente en una posición que no sea la suya, no está exonerado de tratar de reducir el dolor de la víctima. Sin embargo, tampoco parece obligarle. Debe existir “algo” universalizable que nos mueva a no quedarnos en la simple contemplación del mal, con lo que podamos diseñar una teoría moral efectiva.

La moralidad impostada

Si consideramos la moralidad de manera parcial, dependiente de la sociedad en la que la enmarquemos nos encontramos en un terrible compromiso. Aceptando los postulados hobbesianos, de la sociología en su conjunto, y de Durkheim en particular, que Zigmun Bauman en su Modernidad y Holocausto resume de la siguiente manera: si una sociedad tiene una moralidad, y la tiene, es por necesidad. Y ésta es la única «sustancia de la moralidad», por lo que cualquier sistema mora es igual a cualquier otro, si tenemos en cuenta la única causa por la que deben medirse y evaluarse de una manera objetiva y científica. A saber, «su utilidad para satisfacer esa necesidad», no tendremos otra salida que asumir que serán las macroestructuras las que fijarán el marco donde se encuadrarán el bien y el mal, con el único objetivo de optimizar la gestión de sus recursos.

Así, el Holocausto se quedará a salvo de ninguna crítica moral y sólo se le podrá achacar la incapacidad del régimen Nazi de llevarlo a cabo con éxito, pero sin entrar a juzgar su intento de exterminar a millones de personas.

¿De quién son los derechos?

Si recluimos la moralidad al ámbito societal, convertimos al ciudadano en el único ente portador de derechos. Ya no serán los seres humanos, sino los ciudadanos los que ostenten todos los derechos. Por tanto, si les despojamos de su ciudadanía se le estará excluyendo y alejando de la sociedad, que es la única que le pueda garantizar sus derechos y la única garante de la moral. Al situarle más allá de la moral está claro que no se podrá realizar ningún juicio moral respecto de lo que le suceda.

Un claro ejemplo de este proceder lo encontramos en las prácticas de la Revolución Francesa, donde al guillotinado, justo antes de serlo, se le anulaba su ciudadanía, o en las del régimen nazi, que como primer paso anulaba la condición de ciudadano que ostentaban los judíos. Sin embargo, el ser humano no desaparece cuando pierde su ciudadanía, sino cuando le cortan la cabeza.

Así que el ciudadano debe ser algo más, ya que sigue existiendo después de perder su condición. Entonces, ¿qué obligaciones existen para con él?

Si asumimos lo dicho hasta ahora, no parece que haya ninguna obligación. Nadie nos podría que estamos haciendo bien o mal, como nadie nos acusa e hacer algún mal si dejamos que un insecto sea devorado por otro. Si consideramos al ser humano, como hacía Hobbes, como un ser malo por naturaleza, un lobo para sí mismo, que sólo la represión social puede encauzar mínimamente sus inclinaciones perversas, está claro que si lo alejamos de ella no hallaremos ningún dilema moral en acabar con su vida. Así, en El Contrato Social Rousseau nos asegurará que cuando un “malhechor” ataca a la sociedad, violando las leyes que la rigen, se convierte en ese mismo momento en un rebelde y un traidor a la patria, con lo que ya no le pertenece a ella. Así que cuando se ajusticia al culpable, con la muerte, «no es tanto como ciudadano cuanto como enemigo».

Pero, ¿realmente esta moralidad es la única que nos queda: pragmática, parcial y maleable?

Imagen: fengvalles.blogspot.com.es

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