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La Academia en la Historia
Christian el 10 de Mayo de 2007
Destacamos en el anterior post la propia historia de la Academia, esa escuela filosófica fundada por Platón en Atenas, y la cual se convirtió en una de las más importantes de toda Grecia, cuyo maestro principal, y posteriormente sus alumnos y discípulos, al igual que aquello que éstos enseñaban en ella, la hicieron digna de ser así denominada. Conocimos de hecho no sólo lo que en ella se estudiaba, sino que, debido a la evolución que inevitablemente siguió posteriormente con el paso de los años, la división que se llevó a cabo debido a que, mismamente, esas enseñanzas cambiaban, al adecuarse en sí con la vida diaria.
Tal fue su importancia, que su nombre permaneció con este propio significado hasta el siglo XVI (en pleno Renacimiento), momento en el que se crearon diversas academias en donde se investigaban y estudiaban tanto la literatura como la filosofía desde una perspectiva fundamental y principalmente platónica. Se precisa indicar en este caso que fue Italia el lugar específico y exacto donde, obviamente, esto tuvo lugar.
No en vano, fueron muchos los artistas que desde un primer momento comenzaron a utilizar esa misma denominación (”Academia”), para dar nombre a instituciones, escuelas… conformadas ahora en academias únicas de arte, en donde, también, se seguía defendiendo una concepción más o menos de características marcada y supuestamente platónicas.
La primera escuela creada desde este mismo instante fue llevada a cabo a mediados del siglo XVI, por Baccio Bandinelli, escultor y pintor florentino que mostró una profunda inclinación hacia las bellas artes, siendo puesto bajo la tutela de un escultor y amigo del mismísimo Leonardo Da Vinci, Francesco Rustici. En ella, una escuela marcadamente artística, los artistas, valga la redundancia, se dedicaban al dibujo no sólo como una mera técnica, sino como una auténtica actividad intelectual, promoviéndose con ello el desarrollo del pensamiento.
Propiamente, Platón hubiera llamado a esto la “iluminación del intelecto”, pues se elevaba esa misma inteligencia hasta lo eterno.
A Bandinelli lo siguió otro artista igual de importante, Nicolas Poussin, quien creó una escuela con marcados tintes platónicos. Fue el fundador y practicante mayoritario de la pintura clásica francesa del siglo XVII, y su obra simbolizaba las virtudes del orden, la claridad, la lógica. En ella desarrolla a su vez un dibujo de gran profundidad, en el que reúne diversos estudios, entre los que cabría destacar los del hombre, o el compás; entregándose luego al dibujo sobre caballete.
Y es que, como buen platónico, pues en unos momentos determinados, se dedicó también a estudiar la propia filosofía de nuestro protagonista de hoy, supo reflejar en su arte algunos conceptos diversos de la misma, estando muy interesado tanto en la geometría como en la óptica.
Con todo ello, distinguimos cómo la Academia no sólo fue importante en el momento de su creación y posterior evolución, a pesar de que fuera cerrada por el emperador Justiniano. Fue importante, porque incluso su denominación, esto es, su propio nombre, sirvió para convertirse en una denominación misma de otras escuelas del saber que se desarrollaron a lo largo de uno de los períodos más importantes de la historia: el Renacimiento.

La Academia, un sueño hecho realidad
Hemos nombrado en alguna que otra entrada (en su gran mayoría, en muchas de ellas), que el Liceo fue una de las escuelas más importantes dentro de la propia historia de la filosofía grecolatina, fundada, valga la redundancia, por el filósofo Aristóteles. Si bien esto es lo más destacable, es posible que el lector se cuestione acerca de si se conoce algo más con respecto a esta escuela: ¿cuándo fue fundada? ¿dónde? ¿qué “discípulos” trabajaron en él? ¿qué se defendía? ¿qué fue de ésta?
En primera instancia, es más que importante y fundamental indicar que, antes de tratar propiamente en sí diversos conceptos con respecto, el Aristotelismo es aquella corriente o escuela utilizada, únicamente, para designar a aquellos filósofos, en primer lugar, y movimientos en segundo término, que de alguna forma aceptan y defienden aquellos principios básicos de Aristóteles, los cuales ya hemos visto de forma resumida en alguna que otra entrada anterior.
Dentro del aristotelismo arabe destaca Avicena, cuya filosofía se mezclaba con distintos elementos neoplatónicos. Averroe fue a su vez otro destacado filósofo de esta sub-corriente, quizá aún mucho más, pues fue el que luchó por recuperar el verdadero, único e intransferible aristotelismo, presentando una muy importante concepción del entendimiento agente como separador de aquellas almas consideradas como individuales.
Si bien la pasada semana vimos algunos conceptos fundamentales dentro de la propia filosofía existente en Roma, y que había sido en cierto sentido adoptada de la propia civilización griega, conocimos de cerca que ésta había dado en sí como resultado final, o había ayudado a la aparición de diversas escuelas principales, destacando sobre ellas el Platonismo.
ca a este respecto, Epicuro no era un ateo en su sentido más estricto de la palabra, pues aunque opinaba y defendía aquello que ya se ha indicado en anteriores líneas, no profesaba que no existía ningún dios; sino que, más bien, éstos no tenían relación ni por qué intervenir en la naturaleza misma.











