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El ideal del sabio

Publicado por Christian

A lo largo de la historia de la ética, cabe distinguir en cierto sentido dos formas principales de proponer las doctrinas morales que podrían ser denominadas como teóricas y paradigmáticas, respectivamente.

La teórica puede definirse como aquella moral que expone sus normas deduciéndolas a partir de ciertos principios. Este tipo de moral se encuentra, como hemos visto, en los sofistas, en Platón, en Sócrates y Aristóteles, los cuales se esfuerzan en deducir ciertas normas a partir del estudio de la naturaleza humana. Pero la moral es asunto fundamental y principalmente práctico, y de ahí que la teoría no baste a menudo para empujar al propio ser humano a comportarse de una determinada forma.

El sabio ha sido desde siempre una figura muy importante

Surge así la moral que se ha denominado como paradigmática, consistente en proponer modelos o ejemplos a seguir. La importancia psicológica de estos modelos siempre ha sido muy bien comprendida por aquellos movimientos tanto políticos como religiosos que han pretendido atraer a los hombres.

Evidentemente, ambas formas de moral no se excluyen, sino que se complementan. Sócrates constituyó un modelo vivo de virtud para muchos griegos de la generación posterior, y Aristóteles, sin remitirse, eso sí, a ningún personaje en concreto, alude en muchas ocasiones a la conveniencia de obrar como obraría en semejante circunstancia un hombre supuesta y presuntamente honesto. Cuando no se tiene un modelo histórico real del que echar mano, lo lógico es crear el prototipo, imaginar un modelo ideal. Esto es lo que hicieron tanto los estoicos como los epicúreos.

Ellos nos han dejado brillantes retratos del sabio ideal, de cual sería la actitud y comportamiento de un hombre verdaderamente sabio. Los retratos de ambas escuelas presentan ciertos rasgos genéricos comunes: solamente el sabio es feliz, caracterizándose por su constancia, por su sencillez… Existen, no obstante, rasgos muy opuestos en ambos ideales, pues, por ejemplo, el alejamiento epicúreo de la política y su distinta actitud ante la clemencia, dado que el estoico es intransigente hasta el extremo.

Al proponer los paradigmas de virtud, la Iglesia Católica habla del santo, mientras que, sin embargo, las escuelas helenísticas hablan del sabio. Esta diferencia no es netamente terminológica, sino el reflejo exacto e inequívoco de dos formas distintas de concebir la virtud, identificándose ésta luego con el saber.

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