Con el filósofo Antíoco de Ascalón, la Academia platónica, de la cual ya conocimos de forma detenida su historia en un anterior trabajo, abandonó el escepticismo, afirmando que era posible encontrar la verdad mediante la coincidencia supuesta de las opiniones de los grandes y más importantes filósofos. Dos escritores romanos, Marco Tulio Cicerón y M. Terencio Varrón, también opinan de la misma forma. Y es que, a pesar de ser un autor Marco Tulio Ciceróncuya originalidad brillaba por su ausencia (opinión no del todo subjetiva, y fundamentada en el hecho no sólo de tener en cuenta sus obras, sino por opiniones conjuntas -y coincidentes- de historiadores, investigadores y estudios individuales), su obra fue muy leída y seguida posteriormente, en donde encontramos la doctrina fundamental de que en todo hombre existen “notiones innatae, natura nobis insitae” (”nociones innatas”), las cuales fundamentan la moral, y cuyos preceptos principales serían en sí confirmados por ese “consensus gentium”. O, lo que es lo mismo, “consenso universal”.

Años después, en la obra Sobre la naturaleza de los dioses, Cicerón defenderá la necesidad de la religión para el pueblo, indicando que, si los dioses están “completamente ociosos, inactivos, sin tomar parte en la dirección y gobierno del mundo (…) o si, por el contrario, todas las cosas posibles fueron creadas y ordenadas por éstos en un comienzo y son controladas y conservadas en movimiento desde toda la eternidad”. En este caso, criticará el antropomorfismo de la religión popular, recordando que ésta era una discusión que enfrentaba a estoicos y epicúreos.