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El yo y la sociedad

Publicado por Ruben Avila

Hace unas semanas se ha levantó cierta polémica porque el piloto de motociclismo Marc Márquez decidió cambiar su residencia fiscal, de manera que en lugar de tributar el 52% de sus ingresos a la HACIENDA española, pasaría a pagar unos 30.000€ (el 0,3% de lo que gana anualmente) a la andorrana. Finalmente, Márquez decidió postergar su decisión por lo menos un año, así que durante 2015 seguirá tributando en España. Pero al margen de esta decisión, se abrió un intenso debate entre los defensores y los que afearon la actitud del piloto catalán. Los primeros se preguntaban dónde está el problema, si realmente no hacía nada ilegal ni injusto; los segundos le acusaban de ser un mal ciudadano. Sin embargo, la discusión va más allá del caso particular de Márquez, lo que podemos comprobar analizando los argumentos de sus defensores:

yo y sociedad

En primer lugar, se postulaba que aunque algo no sea justo no tiene por qué ser injusto y como Márquez ha obtenido sus talentos naturales sin violentar a otros, y ha sabido aprovecharse de ellos gracias a su esfuerzo, sí que merece su riqueza, ya que ha sido capaz de hacer uso de sus talentos para saciar las necesidades de otras personas, que le han entregado de manera totalmente voluntaria algunas de sus propiedades, en forma de dinero.

En segundo lugar, también arguían que Márquez no debe nada a la sociedad ya que aunque el piloto se aproveche de la estructura social, devuelve con creces el beneficio obtenido.

Resulta que el planteamiento anterior supone la existencia de una línea perfectamente trazable entre individuo y sociedad, entre lo que son “habilidades naturales” y lo obtenido gracias a la sociedad, como si existieran dos mundos independientes que de vez en cuando entraran en contacto porque es beneficioso para ambos. Así, se presenta a un ser humano que se sienta en la mesa de negociaciones diciendo a la sociedad: «Este soy yo y éstas son mis habilidades, ¿qué me ofreces por ellas? Ten en cuenta que si lo que me das no me interesa me marcharé». Pero no existe algo más allá de la sociedad. Los seres humanos sólo crecemos y alcanzamos nuestro potencial entre otros humanos, así que la sociedad no es una opción, es nuestra única posibilidad de ser.

De la misma forma, en sociedad es imposible discernir algo así como “habilidades exclusivamente naturales”, porque todas son además sociales, culturales. Como aseguraba Rawls, desde el mismo momento en que existe la familia, ya se hace depender de la suerte buena parte de los méritos futuros. Y, añado, las capacidades y habilidades que permitan obtener dichos méritos. Pero es que, claro, la parte natural de ellas, lo que corresponde al acervo genético, tampoco depende del individuo (quizás eso menos que nada). Así que herencia pasada (genética) y presente (familia, status social…) son lo que definen a esas supuestas habilidades naturales. Por lo que aquél ser humano solitario que se sentaba a la mesa de negociaciones con sus habilidades, resulta que se sienta con todos sus antepasados, con sus familiares vivos, con sus amigos, con su profesores, con… Conviene señalar la irrealidad del individuo que aparece de la nada con esas sus habilidades y sus talentos. Sería útil asumir que esta figura no es más que una ficción.

Imagen: fotolog.com

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