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Meditaciones metafísicas

Publicado por Esteban Galisteo Gámez

Una de las obras más importantes de René Descartes es, junto al Discurso del método, las Meditaciones metafísicas. La obra se publicó en latín en 1641 por primera vez. Más tarde, en 1647, aparecería una versión en francés. A lo largo de las seis meditaciones que componen el libro, Descartes desarrolla su sistema filosófico, el cual ya había sido brevemente introducido en el Discurso del método.

En la primera meditación, Descartes pone en duda todo nuestro conocimiento. Se trata de la duda metódica. Pone en duda todos los niveles de conocimiento, desde el conocimiento que nos llega a través de los sentidos, hasta el conocimiento matemático. Es aquí donde postula el famoso genio maligno, por no decir que Dios pudiera ser el autor de una fábula. A este nivel Descartes duda de todo aquello de lo que es posible dudar.

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Caricatura de René Descartes

Sin embargo, en la segunda meditación llega a una certeza, es decir, a una creencia de la que no es posible dudar. Se da cuenta de que la duda presupone que hay algo, una cosa, que duda, así que la conciencia de la duda le lleva a descubrir la existencia del yo, que es el portador de la duda. A partir de este momento, Descartes llega a un punto de partida para fundamentar el conocimiento, que es su objetivo.

En la tercera meditación Descartes no duda de la existencia de su mente o “yo”. Tiene una certeza al respecto, pues dudar de ello le lleva a contradecirse. Y ahora se encuentra en esta situación: todo lo que le rodea, incluido su cuerpo y otras personas, podría ser creación suya, es decir, podrían ser solo ideas causadas por él mismo. Ahora bien, Descartes encuentra que tiene una idea que es imposible que la haya creado él. Se trata de la idea de lo infinito. Esta idea, ha de tener una causa equivalente, es decir, infinita. Ahora bien, Descartes asume, y no por mera modestia, que él no es infinito y que, por tanto, él no puede ser el autor de la idea de infinito que posee en su mente, conciencia o yo. Además, tampoco concibe lo infinito como la mera negación de lo finito. Únicamente hay en su mente una idea de algo que pueda ser la causa de la idea de infinito, a saber, la idea de Dios, un ser perfecto, omnisciente, omnipresente, etc. Por supuesto, para ser la causa de una idea de la mente de Descartes hay que ser real. Descartes ya demostró que él mismo era real. Y ahora, la idea de infinito le lleva a la conclusión que la idea de Dios que pulula por su conciencia tiene un correlato real. Por tanto, Dios existe.

Dios existe y es perfecto y Descartes, cuya conciencia al menos también existe, tiene una idea de ello. Así estamos en la cuarta meditación. Pero resulta que somos seres imperfectos, seres que a veces cometen errores, a pesar de que poseamos una capacidad de entendimiento que puede distinguir lo verdadero de lo falso. Esto, argumenta Descartes, no se debe a que Dios, ser perfecto y demás, nos haya creado imperfectos. Al contrario, Dios nos ha dotado con razón y voluntad, nos ha hecho seres inteligentes y libres. Sin embargo, ocurre que por a veces habla nuestra voluntad. Es entonces cuando erramos. El punto de vista de Descartes es que usamos nuestra voluntad bastante mal.

Llegados a la quinta meditación Descartes es consciente de que su prueba de la existencia de Dios no es demasiado convincente, así que aquí vuelve a jugársela al sufrido lector. En esta ocasión Descartes esgrimirá el argumento ontológico de San Anselmo, famoso por resultar absurdo para la mayoría de los estudiantes de secundaria de los siglos XX y XXI (seguramente siempre fue absurdo para casi todo el mundo). Descartes parte de definir a Dios como el más perfecto de todos los seres en los que puede pensar: un ser que posee todas las perfecciones. Dice que tiene una idea de ello. Este ser perfecto existe, puesto que de no existir no tendría todas las perfecciones. Además, lo existente es más perfecto que lo no existente, así que este ser más perfecto de todos tiene que existir, pues su existencia está presupuesta por su perfección. Es decir, la idea de un ser perfecto implica la existencia de dicho ser.

Descartes ha demostrado la existencia de Dios de dos formas distintas y su propia existencia. En la sexta meditación va a demostrar la existencia de las cosas materiales, tales como su cuerpo y su sueldo, entre otras cosas. Las ideas que tenemos de los cuerpos podrían haber sido creadas por nosotros o bien podrían provenir de nosotros. Ahora bien, siempre hemos creído y nos va bien creyéndolo, que estas ideas se corresponden con cosas materiales fuera de nosotros. Si esta creencia fuera falsa, significaría que siempre nos habríamos engañado, nuestros antepasados se habrían engañado y todo sería muy embarazoso. Pero resulta que Dios es bueno y veraz y por ello no deja que nos engañemos, por lo tanto el mundo externo a la mente existe. No obstante, en ocasiones los datos sensoriales son engañosos. Esto no es por culpa de Dios, pues si Dios fuera el culpable Descartes hubiera acabado en la hoguera. Para evitar las llamas Descartes se inventa un argumento bastante farragoso: el ser humano es un compuesto de alma y cuerpo, el cuerpo es algo así como una máquina y cada una de estas entidades, alma y cuerpo, pueden existir separademente. Ahora bien, resulta que esta naturaleza humana dual hace que el hombre sea imperfecto, lo cual en ocasiones le hace errar en el juicio.

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