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La Resurrección según Santo Tomás de Aquino

Publicado por Malena

La Resurreción según Santo Tomás de Aquino

Dice Santo Tomás de Aquino en su “Compendio de Teología”, que el entendimiento es incorruptible, es potencia que se eleva sobre la materia, porque comprendemos por medio de la abstracción.

La consumación última del hombre es el perfecto descanso del entendimiento y de la voluntad, porque las condiciones de la eternidad se adquieren por la falta de movimiento.

El alma desea naturalmente la unión con el cuerpo, de manera que no tendrá reposo hasta unirse a él, lo que se producirá cuando toda la humanidad resucite.

El alma no puede ser perfecta si no está unida al cuerpo porque es la forma del hombre.

La separación del alma y del cuerpo es accidental y no estará para siempre separada de él; y esta separación es por naturaleza, ya que se debe a que el cuerpo es corruptible.

La forma del hombre fue concedida sólo al hombre para que viviera eternamente.

El alma en la resurrección volverá a tomar el mismo cuerpo y no otro de otra naturaleza, por poder de Dios. La resurrección exige el poder divino, porque por naturaleza el cuerpo se corrompe y no puede restablecerse.

Todos los hombres resucitarán, pero no vivirán igual que en la Tierra, serán eternos e incorruptibles, porque la tendencia de la naturaleza a la perpetuidad de la especie es razón para que Dios establezca la perpetuidad del hombre en su restauración.

La desaparición de la mortalidad no producirá cambios ni en la especie ni en el número. En esa circunstancia, el alma tendrá tal poder sobre el cuerpo, que ya nunca más podrá corromperse.

Una vez resucitado, cesarán en el hombre la necesidad de alimentación y de generación de nuevos individuos, ya que los hombres serán mantenidos todos numéricamente.

Sin embargo, el cuerpo se mantendrá íntegro tal cual es, sólo para conservar la integridad de la naturaleza y no para ejercer los actos a que estaban destinados.

Los cuerpos serán perfectos, sin ningún defecto adquirido ni por generación ni por actos, y se restablecerá toda parte que falte.

Cabe preguntarse qué hará el hombre individual una vez resucitado.

Como el fin último del hombre es la espiritualidad libre de la corrupción y el cambio, podrá presenciar la esencia de Dios que es la suma perfección y el sumo goce. Sólo los que gozan de la visión de Dios tienen vida eterna; y el cuerpo dejará de ser un obstáculo para el alma como sucede ahora.

Los cuerpos gloriosos serán sutiles, claros, impasibles y ágiles y el hombre y el mundo serán nuevos.

Cristo murió para salvarnos, ofreciéndose a Dios por nuestros pecados. Es necesario que el hombre, que ha muerto en el pecado descienda a los infiernos, como lo hizo Cristo para redimir a todos los pecadores y recuperar la inmortalidad para el género humano.

Santo Tomás de Aquino (1225-1274), defensor de la razón para hallar el camino de la salvación, vivió experiencias de éxtasis en la que vio a Dios, tal como le ocurrió a Moisés y a San Pablo, según afirma el Cristianismo.

Estas vivencias tan conmovedoras pertenecientes a la dimensión del espíritu, hicieron que dejara de escribir por no poder decir con palabras lo que estaba experimentando.

Santo Tomás falleció por motivos poco claros; aunque algunos atribuyen que dejó de existir como consecuencia de un golpe que provocó una enfermedad posterior y su desaparición física.

Juan Pablo II (1978-2005) declaró a Santo Tomás de Aquino doctor de la humanidad por considerar a su doctrina necesaria para todo ser humano; y en 1998, en su encíclica dedicada a la filosofía, “Fe y razón”, reconoció que el sistema de Santo Tomás alcanzó niveles que la inteligencia humana nunca había logrado.

Fe y razón sin embargo, parecen dos conceptos irreconciliables, porque la fe es un sentimiento muy profundo, un don que se recibe; y la razón pertenece al pensamiento, que es limitado, material, temporal, sujeto a las leyes naturales y a la corrupción.

Fuente: “Santo Tomás de Aquino”, “Compendio de Teología”, “Vida, obra y pensamiento”, Colección Grandes Pensadores, Editorial Ariel, 2004